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En defensa de las humanidades en la era digital

"Es muy notable que las cosas de nuestro siglo hayan llegado al punto de que la filosofía sea, aun para gente de entendimiento, un nombre fantástico y vano, que se considera de nula utilidad y nulo valor". Michel de Montaigne, "Los ensayos" (1588-1588).

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La utilidad de lo inútil” es el oximorón que da título a un brillante ensayo de Nuccio Ordine (Acantilado, 2013), filósofo y profesor de literatura italiana de la Universidad de Calabria. Según sus propias palabras, hace referencia a “la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor existencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista”. ¿Para qué sirve un filósofo, un filólogo o un historiador en el siglo XXI? ¿En qué piensan los jóvenes que deciden estudiar durante 5 o más años esas carreras, a sabiendas de que luego les espera un arduo camino hasta encontrar su hueco en un mundo laboral cada vez más técnico y tecnológico? ¿No sería mejor eliminar las carretas de humanidades de las universidades, como propuso hace unos años el gobierno de Japón? ¿Realmente en el futuro que llega serán más importantes los perfiles STEM que los de humanidades, debería ser al contrario o tal vez habría que buscar una combinación de ambos?

Ordine nos alerta en su ensayo del peligro de evaluar el aprendizaje, el conocimiento y la ciencia en función de su utilidad. Según advierte en esta entrevista, “si dejamos que nos roben el legado de nuestros antepasados y que se mutile el conocimiento, avisa, no es que dejemos de ser personas cultivadas: es que las generaciones futuras dejarán de ser personas en sentido estricto”.

 

LA OBSESIÓN POR LOS PERFILES STEM

El hecho es que las empresas, preocupadas por perder su competitividad en un mundo incierto y cada vez más tecnológico, buscan perfiles STEM capaces de desarrollar soluciones que den respuesta a las necesidades de digitalización de sus clientes: desde servicios de ciberseguridad a automatización de procesos, robotización, big data y análisis de datos, machine learning, inteligencia artificial y otros.

Según este informe de Randstad de 2016, “la demanda de profesionales STEM (Science, Technology, Engineering & Mathematics) crece un 14% anualmente en España y Europa, pero sólo el 7% de los estudiantes está cursando estas titulaciones”. Parece entonces evidente que, para subirse a este tren de alta velocidad que ya está pasando por nuestras vías, es necesario dejar de lado posibles vocaciones humanistas personales y embarcarse en carreras STEM que de algún modo garanticen a los jóvenes el acceso a un trabajo a corto plazo.

El dilema es: ¿tener un trabajo es sinónimo de calidad de vida y de calidad espiritual? ¿Es lo mismo “ser” que “tener”? ¿Podría sobrevivir la humanidad, tal y como la conocemos, si las personas solo desarrollaran su lado productivo?

“QUIEN NO HA NO ES”.

El clérigo Vincenzo Padula (1819-1893) explicaba en una anécdota que cuando era joven le preguntó a su padre por qué en todos los alfabetos la letra A va antes que la E. A lo que su progenitor le respondió que “en este mundo miserable el que ha es, y que el ha no es”. Dicho de otro modo y burdamente resumido, el que tiene, es alguien, y el que no tiene, no es nadie.

En el siglo XXI la supremacía del tener sobre el ser es absoluta, y existe una obsesión por la información y el dato que deriva en un desprecio preocupante por el conocimiento, por el arte, por la literatura, por la música. Como denuncia el filósofo Leon Wieseltier en esta entrevista, “la distinción entre el conocimiento y la información es algo del pasado, y no hay nada más desgraciado que estar pasado de moda. La velocidad con la que obtenemos datos es inversamente proporcional al tiempo que pasamos reflexionando sobre ellos (…) Los conceptos económicos devastan los reinos no económicos: ¡los economistas son ahora nuestros expertos en felicidad!”

Tener o al menos “parecer que se tiene” (ya sea un móvil de última generación, un buen coche o un puesto resonante en una empresa) es más valioso y valorado que la cultura o el grado de conocimientos o sabiduría “inútil” -si se quiere llamar así- que pueda atesorar el individuo.

¿Tener una carrera STEM garantiza que se tiene a un gran profesional en la empresa, capaz de proponer, trabajar en equipo, innovar y pensar de forma diferente en un entorno cambiante? ¿O quizás estemos cayendo en la trampa del utilitarismo de la segunda revolución industrial de finales del siglo XIX, y simplemente estemos buscando “buenos operarios” –eso sí, digitales y más controlados que nunca– para nuestras factorías de producción del futuro?

PONGA UN FILÓSOFO EN SU VIDA (Y EN SU EMPRESA)

La automatización y la incorporación de la inteligencia artificial a casi todos los ámbitos de nuestras relaciones personales y laborales en los próximos años va a requerir de perfiles humanistas que entrenen y mentoricen a estas tecnologías para hacerlas más humanas.

No es algo del futuro: ya siendo necesario incorporar a este tipo de licenciados en muchos ámbitos. Una necesidad es la de entrenar a los coches automáticos para que sepan tomar decisiones como por ejemplo a quién salvar en caso de accidente. El MIT trabaja con su Moral Machine, una “máquina de la moral” que enseña al coche sin conductor a actuar en diferentes situaciones, basándose en cómo lo harían las personas.

Sin embargo, tal y como advierte el filósofo Wendell Wallach, autor de la obra A dangerous master: how to keep technology from slipping beyond our control“, una máquina entrenada nunca va a ser capaz de captar matices humanos como a quién salvar en caso de que el accidente sea inevitable (¿a una madre con su bebé, o al conductor que va dentro del vehículo?) puesto que no es capaz de entender el contexto ni de emitir juicios morales. De ahí la importancia de seguir trabajando con estas inteligencias artificiales a comprender la riqueza de matices de la moral humana.

Otros ejemplos de empresas que están “haciendo útil lo inútil” e incorporando perfiles humanistas en sus plantillas son Facebook, Microsoft o Google. En el caso de esta última, un equipo mixto de perfiles STEM y sociológos y humanistas que colaboran de modo que “el trabajo común hace que el resultado tenga lo más empírico del dato y lo más racional de los trabajadores”, según explica Javier Martín, director de RR.HH. de Google España en este artículo.

Algunas universidades también se están uniendo a esta tendencia de equipos  y perfiles multidisciplinares. Es el caso de la UNED, que en 2014 estrenó su Laboratorio de Innovación de Humanidades Digitales (LIHD), “que aspira a constituir un puente interdisciplinar y colaborativo entre Humanidades y Tecnología, gracias a los datos enlazados y las tecnologías de la web semántica como filosofía, enfoque y nuevo planteamiento aplicado a las disciplinas tradicionales del ámbito de la cultura”. Asimismo ofrece un título propio de “experto profesional en humanidades digitales” con el que perfiles humanistas pueden aprender conocimientos que les posibiliten trabajar en proyectos de alta carga tecnológica.

A MODO DE CONCLUSIÓN:

En un diálogo entre el sofista Hui-zi y el sabio Zhuang-zie, el primero le dijo al segundo: “La doctrina de su Merced no es útil para nada”. A lo que Zhuang-zi contestó: “Solo cuando se conoce la inutilidad puede comenzarse a hablar de la utilidad.”

Esta conversación del siglo IV a.C. debería hacernos pensar, en las puertas del segundo milenio, sobre la importancia de conocer antes de juzgar, de entender antes que descartar, de incluir antes que rechazar.

Porque preservar la esencia del arte por el arte y la cultura por la cultura, más allá de propósitos materiales o productivos, es lo que nos permitirá seguir siendo humanos en un futuro en el que conviviremos con máquinas creadas a nuestra imagen y semejanza. Es el momento de reflexionar sobre qué tipo de criaturas queremos modelar.

PARA SABER MÁS:

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