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Neuroeducación, cerebroflexia y gestión del cambio

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En no pocas situaciones nos sentimos reacios a cambiar nuestros hábitos o costumbres. No hace falta que sean grandes modificaciones de nuestras rutinas: un atasco que nos hace llegar tarde a la oficina y no disponer de tiempo para desayunar en nuestra cafetería habitual, “como siempre”; un nuevo software que “nos obliga a perder tiempo” para entender cómo funciona; un proyecto interdepartamental que nos hace trabajar con otros compañeros o con un jefe que no son “los de siempre”. Se habla mucho de la importancia y de los beneficios del cambio, hasta que nos toca cambiar y vivirlo en primera persona.

Sin embargo, somos mucho más capaces de cambiar y de modificar nuestros hábitos de lo que pensamos, y aceptar esas variaciones en nuestras rutinas y –por qué no- incluso provocarlas es sano, excitante y beneficioso. Aprender a aceptar la incertidumbre y a salir de la zona de confort significa entender y aceptar lo que estamos haciendo y su beneficio para nosotros mismos. Aprender a aprender y a desaprender es un proceso consciente y que no está restringido a la infancia y a la adolescencia. Es posible seguir aprendiendo en la edad adulta. La Neuroeducación y el Neuroaprendizaje intentan realizar una aproximación a este tema desde el punto de vista científico para entender y explicar el funcionamiento de nuestro cerebro, y cómo podemos auto-aplicar estos conocimientos de nosotros mismos para aprender a aprender y a enseñar mejor.

Los más de 100.000 millones de neuronas de nuestro cerebro conforman, junto con las glías, una compleja configuración de circuitos neuronales que en la edad adulta siguen siendo plásticos y flexibles, capaces de cambiar según sea la interacción del individuo con el medio ambiente. La Neurociencia ha sido capaz de demostrar cómo los procesos mentales que se establecen en las áreas de asociación de los territorios prefronto-pareto-temporales no son fijos, sino que pueden variar y varían constantemente según los estímulos exteriores. Los dos hemisferios cerebrales (el derecho, creador + el izquierdo, analítico) trabajan juntos e intercambiar información constantemente.

Por su parte, el sistema límbico o “cerebro emocional” es que el aporta las emociones que captamos a través de los sentidos, y que nos lleva a categorizar si los estímulos externos que recibimos son buenos o malos, atractivos o repelentes.

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Las relaciones sociales son clave en la conformación de nuestras redes neuronales.

Según Francisco Mora, autor del libro “Neuroeducación”, “solo se puede aprender aquello que se ama”. Para que aceptemos un cambio, una situación distinta o cualquier otra circunstancia que nos saque de la rutina y nos obligue a aprender tenemos que sentir placer, entendido como una emoción positiva, ya sea sorpresa, diversión, alegría… Por supuesto, nuestra motivación puede ser también negativa, es decir, podemos sentir la necesidad de aprender porque sentimos miedo u odio. Pero cuando estamos motivados a aprender por placer, a cambiar porque queremos alcanzar un objetivo personal de mejora, se produce una liberación de dopamina en diferentes zonas del cerebro que hace que incremente nuestra motivación, nuestra atención, nuestra plasticidad neuronal y, con ello, que lo que aprendamos sea mucho más duradero y perdurable.

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Mora, Francisco. Neuroeducación. Alianza Editorial (2013).

En esta línea, David Bueno i Torrens reflexiona en su libro “Cerebroflexia” sobre la capacidad de configuración y moldeamiento que podemos hacer del cerebro en nuestro beneficio, entendiendo cómo funciona y sobre qué resortes y palancas, más allá de la genética, es posible actuar: entorno, educación y sociedad.

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Bueno i Torrens, David. Cerebroflexia. El arte de construir el cerebro. Plataforma actual (2016).

Siendo optimistas ante los cambios y entendiéndolos como algo que nos interesa intrínsecamente seremos capaces de aprender a superar obstáculos que se presenten con más fuerza y firmeza, asumiendo el cambio como un reto, y tomar decisiones más oportunas y adecuadas.

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