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Andragogía en acción: cómo aprenden y juegan los profesionales

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Que un adulto juega de forma diferente a un niño es evidente: nuestra experiencia, nuestra valoración del riesgo-beneficio, nuestro sentido del ridículo y nuestra capacidad de inmersión en el juego son muy diferentes a los de un infante o adolescente. También es diferente cómo aprende un niño y cómo lo hace un adulto. Por tanto, cuando diseñamos y desarrollamos una solución o programa para que las personas que trabajan en una empresa aprendan jugando , tenemos que considerar ciertos principios básicos de andragogía. Estos son tan sencillos que a veces se obvian y olvidan. Y eso provoca que en ocasiones “se culpe” a los propios trabajadores del fracaso de la acción si esta no tiene el impacto esperado. Los responsables serán los empleados, “que no tienen interés en formarse.”

Antes de repercutirles la responsabilidad de que nuestro programa no haya tenido el éxito previsto hay que reflexionar sobre cómo lo diseñamos, si se analizaron los perfiles y circunstancias concretas del público objetivo, y si se aplicaron esos principios básicos de andragogía que caracterizan el modo de aprender de un adulto.

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El mismo proceso debe aplicarse a aquellos programas que apliquen la gamificación empresarial. Debemos recordar que no estamos diseñando un juego ni un videojuego, y que no estamos haciéndolo para niños o jóvenes, sino para adultos que por lo general tienen muy poco tiempo para aprender (al menos muy poco tiempo seguido), otras ocupaciones que para sus clientes, jefes y para sí mismos son “más importantes”, y que si no le damos muchas buenas razones para participar en nuestra iniciativa lúdica, no lo harán. Un programa de aprendizaje gamificado exitoso tiene un 50% de buen diseño y de buena comunicación, y el 50% restante reside en que responda a inquietudes reales de los profesionales en su día a día.

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Son muchos los expertos y gurús que hablan sobre cómo desarrollar programas de gamificación empresarial. Muchos de ellos dedican abundantes páginas a explicar qué es y qué no es la gamificación, qué son las mecánicas, dinámicas y reglas del juego, y muchos otros conceptos teóricos. En la práctica, cinco sencillas claves como las que enunciamos a continuación nos pueden ayudar a que nuestro programa gamificado tenga éxito. El punto de partida: recordar siempre que va dirigido a adultos que están trabajando y que tienen muchas otras ocupaciones y responsabilidades aparte de participar en nuestra solución.

1. Sentir que “esto merece la pena”

Nuestro programa gamificado ha de responder a una necesidad intrínseca del profesional. Debe comenzar con una fase de sensibilización que le cause sorpresa y estupefacción, ya que esta respuesta emocional despertará su curiosidad por saber más. Una vez activado ese detonante, podremos comenzar a presentarle situaciones que le hagan reflexionar sobre “lo que no sabe que no sabe” (incompetencia inconsciente) para paulatinamente hacerle ver las ventajas de cambiar ciertos comportamientos que le supongan un beneficio o mejora evidentes en su día a día. En este sentido, jugar con respuestas emocionales como el humor suele tener mucho mayor impacto que otras como el miedo (“si no haces esto entonces te ocurrirá esto otro, que es malo”).

2. Comprobar que cada acción provoca una reacción

El sistema gamificado debe sustentarse en retos con objetivos alcanzable a (muy) corto plazo. Saber de antemano que un programa nos va a requerir 15 horas de autoestudio puede echar para atrás a muchos profesionales que tienen la agenda ocupada todos los días. Por tanto, los retos o misiones que propongamos deben ser de fácil realización y estar ligados a objetivos de aprendizaje concretos. Después de cada “micro-reto” o “micro-contenido” la persona tiene que sentir y comprobar que ha conseguido y ha aprendido algo útil. Dicho de otro modo, que se lleva algo nuevo y positivo a su puesto de trabajo.

3. Lo entiendo, luego participo

Los jugadores adultos desean lograr resultados razonables aplicando la lógica, sin tener que leer largas instrucciones o resolver mil acertijos para llegar a la respuesta. Un adulto es impaciente. No le gusta sentirse “atascado”, o que tiene que invertir demasiado tiempo y esfuerzo en descubrir cómo salir de un punto sin salida. Por lo general no quiere invertir demasiado tiempo en investigar, no le gusta sentir (y mucho menos que otros vean) que no sabe o que es torpe. Sencillez y repetición son dos de las claves del éxito para que la persona sume y siga acumulando pequeños grandes éxitos.

4.Yo controlo

El profesional que está participando en un programa de gamificación corporativa desea sentir que tiene el control del juego en (casi) todo momento. Esto significa que debe poder abandonar y retomar la partida cuando lo desee, que cada bloque o nivel no es demasiado exigente en tiempo y esfuerzo, que las cosas ocurren por su intervención y bajo su control, y que puede aplicar su experiencia para avanzar. Por el contrario, dejará de participar si siente que se fatiga, que su esfuerzo no se ve seguido de un resultado rápido, y que incluso es penalizado si no realiza las acciones en tiempo o forma.

5. Me apetece y además, me divierto

Como anticipábamos, el sentido del humor es una de las emociones que más pueden ayudarnos a lograr el “enganche” entre el profesional del juego. Que la persona entre en nuestro sistema con una sonrisa en la cara significa que le apetece descubrir más, que quiere comprobar que lo que viene detrás es tan divertido o interesante como lo que ha visto hasta ahora. Quiere descubrirlo por sí mismo y, si le convence, incluso, compartirlo con los demás.

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