En buena parte del pensamiento europeo y norteamericano moderno, el tiempo se organiza como una secuencia lineal que avanza hacia un futuro o futuros aún inexistentes pero modulables en cierto grado. Esta orientación nos lleva a pensar de forma proyectiva y a tomar decisiones pensando en las consecuencias ulteriores. El porvenir se convierte en una referencia constante que nos guía a la acción, y en un punto de evaluación respecto al presente. Sin embargo, este modo de pensar en el porvenir no es universal, ya que existen otras formas de comprender el tiempo que no sitúan el futuro como eje principal de la vida.
En varias tradiciones africanas estudiadas por John Mbiti en African Religions and Philosophy (1969), el tiempo no se concibe como un eje abstracto orientado hacia delante, hacia lo desconocido, sino como una estructura vinculada a los acontecimientos ya ocurridos o en curso. Mbiti distingue dos ámbitos temporales: el Sasa y el Zamani.
Por un lado, el Sasa abarca la experiencia inmediata, aquello que se vive o se recuerda de manera cercana. Es un tiempo por tanto activo, que se define por su capacidad para afectar a la vida presente. Cuando los hechos dejan de formar parte de esa zona de vigencia, pasan al Zamani, que aglutina las capas más profundas del pasado y funciona como una especie de archivo vivo de la memoria. Lo que aún no ha sucedido carece por tanto de entidad temporal, porque el tiempo se define por la actualización, no por la proyección.
En este contexto, la temporalidad se despliega desde el presente hacia el pasado, siguiendo el movimiento de aquello que ya ha sido vivido.
La planificación, cuando aparece, se sustenta en patrones conocidos, y no en la idea de un futuro a modo de territorio desconocido. El porvenir se entiende como la consecuencia de los procesos en marcha, en lugar de un horizonte que empuja hacia delante, hacia la acción constante.
En algunas culturas americanas pueden observarse aproximaciones similares. Entre los huarpes del Cuyo argentino, el pasado se sitúa delante por ser lo conocido, mientras el futuro queda detrás porque todavía no se ha vivido. En el pensamiento guaraní, el Ivy mara ei remite a un presente completo que no se interpreta como una etapa previa a otra cosa. En el ámbito andino, la orientación corporal expresa esa misma lógica: la mirada se dirige hacia lo ya ocurrido, mientras el futuro permanece fuera del campo visual.
El tiempo se entiende como una cadena de continuidades y retornos, no como un movimiento lineal en una única dirección hacia delante.
Estas concepciones no excluyen la anticipación. Preparar las herramientas que se necesitan para construir viviendas, almacenar alimentos para más adelante o trazar caminos que conecten pueblos implica proyectar hacia lo que se necesitará después, pero esa proyección no se fundamenta en un futuro concebido como una entidad autónoma por sí misma, sino que se basa en la consistencia del presente y en la repetición de procesos conocidos. Así, el porvenir aparece como resultado del hacer actual, no como un destino que haya que perseguir o al cual nos vemos abocados irremediablemente.
El contraste de este marco africano con el occidental nos lleva a pensar en cómo la obsesión por el futuro ha modelado en buena medida nuestras formas de vida y de pensamiento. Desde la modernidad, la idea de progreso y, posteriormente, las narrativas de diseño de escenarios ligados a la aceleración tecnológica han reforzado una relación con el tiempo obsesionada por lo que vendrá o lo que podrá ser construido si actuamos desde el hoy. El presente se interpreta por tanto como un punto de paso, y el pasado suele quedar reducido a un mero archivo de aquello que fue y no será más.
Por el contrario, las ontologías africanas y americanas permiten distribuir la atención temporal de otra manera. El presente adquiere densidad y autoridad por sí mismo, y el pasado se convierte en la referencia para comprender lo que ocurre ahora. Esta orientación reduce la presión que ejerce el futuro como horizonte de la vida, y abre un espacio para pensar la acción desde un punto de apoyo más estable, y quizás más consciente del momento presente.
Obviamente no se trata de debatir sobre qué visión es mejor respecto a la otra. Lo relevante es reconocer que las formas de entender el tiempo condicionan la forma de vivirlo, y a respetar la diversidad de pensamiento de las diversas culturas que habitan el planeta. Entender que la linealidad orientada hacia el futuro es una de las muchas posibilidades que tenemos, y abre la mente a pensar en otros modos de temporalidad en los que el presente y el pasado inmediato tienen mayor peso. Y por tanto, a dejar de obsesionarnos con la anticipación del futuro, que no deja de ser más que el efecto natural de lo que ya está en marcha y, por tanto, ya ha acontecido.
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Para saber más:
- Mbiti, J. S. (1969). African religions and philosophy. Heinemann.
- El tiempo para los africanos. Instagram