Existe una forma muy extendida de narrar la historia que la reduce a una sucesión de hitos tecnológicos: el fuego, la escritura, la imprenta, la máquina de vapor, la electricidad, los ordenadores, internet, la inteligencia artificial y, en breve, la computación cuántica. Esta narrativa presenta el pasado como una línea ascendente de innovaciones que, pretendida y pretenciosamente, conducirían a una humanidad cada vez más avanzada y equilibrada, sobre todo desde el punto de vista occidental.
El problema no está en reconocer la importancia (que la tiene) de la tecnología, sino en asumir que la historia avanza gracias únicamente a ella, o que el progreso humano puede medirse por la sofisticación de los artefactos que produce.
Como advirtió Lewis Mumford, esta concepción convierte a la tecnología en la única y verdadera protagonista de la historia, como si tuviera vida propia, y relega a un segundo plano las decisiones humanas, los conflictos sociales y las estructuras de poder que provocaron su aparición y condicionan su uso y difusión (Mumford, 1934).
Sin embargo, aunque así la hayamos estudiado, la historia no es una línea recta ni un compendio de inventos y artefactos. Es un proceso irregular, lleno de discontinuidades, retrocesos y tensiones, en el que los avances técnicos no siempre coinciden con los avances humanos.
En no pocas ocasiones los desarrollos tecnológicos han coexistido con formas extremas de violencia, explotación o desigualdad. El siglo XX, altamente tecnificado, fue también uno de los más letales de la historia, como recordó Hannah Arendt al analizar la llamada “banalidad del mal” en contextos racionalizados, con terribles consecuencias para millones de personas.
Si llevamos la mirada más allá del determinismo tecnológico, aparecen otros tipos de avances que han sido decisivos para la historia humana y que no pueden reducirse a la invención de una herramienta o una tecnología concreta. Los cambios sociales más profundos, como fueron la abolición de la esclavitud, la extensión de los derechos civiles, el reconocimiento jurídico de las mujeres o la protección de la infancia, no fueron consecuencias de la ideación de nuevas tecnologías, sino el resultado de luchas políticas y transformaciones culturales maduradas lentamente en el tiempo. E. P. Thompson mostró con claridad que incluso fenómenos asociados a la industrialización, como la clase obrera, no surgen de la máquina, sino del despertar de la conciencia colectiva.
Algo similar ocurre con los avances éticos. La dignidad humana, la responsabilidad moral o los límites al poder no son invenciones tecnológicas, sino construcciones históricas frágiles y muy susceptibles de erosionarse. Michel Foucault subrayó que el progreso del conocimiento y de las técnicas puede ir acompañado de nuevas formas de control y vigilancia sin que ello implique una mejora moral de la sociedad. Un ejemplo es la era de la tecnovigilancia en la que llevamos algunas décadas transitando alegre e irreflexivamente.
En el ámbito político, la historia vuelve a demostrar que no existe una relación directa entre desarrollo tecnológico y democracia. La separación de poderes, el estado de derecho o la ciudadanía no dependen de la tecnología, aunque puedan servirse de ella. Al contrario, los mismos dispositivos técnicos pueden fortalecer tanto sistemas democráticos como regímenes autoritarios, una ambivalencia que Jacques Ellul identificó al analizar la autonomía de la técnica respecto a los valores humanos.
También los avances culturales y simbólicos han sido fundamentales en la evolución humana. Cambiar la manera en que una sociedad entiende el tiempo, el cuerpo, el trabajo, la naturaleza o la muerte transforma profundamente su forma de vida, aunque no deje tras de sí un objeto material fácilmente exhibible como puede ser un ordenador o un router. Por eso, Reinhart Koselleck explicó que las transformaciones históricas más decisivas suelen producirse en el plano de los conceptos y las expectativas, y no solo en el de los instrumentos.
Identificar tecnología con progreso puede resultar problemático porque despolitiza la historia. Hace parecer que el cambio ocurre solo, casi mágicamente, impulsado por la lógica interna de la innovación, y no por una miríada de decisiones humanas complejas y saturadas de intereses y relaciones de poder. Entender que la historia es una lista de avances tecnológicos es una visión simplificada que ignora tanto las tecnologías que fracasan como las que se usan de maneras imprevistas o incluso regresivas.
Por el contrario, pensar la historia de otro modo implica reflexionar si el verdadero progreso va más allá de lo que somos capaces de fabricar o producir. Nos aleja de convertirnos en “máquinas de carne obsesionadas con la productividad” para acercarnos a cómo decidimos convivir, a quién consideramos digno de derechos, qué límites imponemos al poder y qué hacemos con el conocimiento del que disponemos. La tecnología forma parte de la historia, pero no es su motor exclusivo ni debería ser la vara con la que nos auto-midamos. Confundir medios con fines es uno de los errores más persistentes de nuestra manera de pensar el pasado y, quizá, uno de los más peligrosos a la hora de imaginar el futuro.
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Para saber más:
- Edgerton, D. (2006). The Shock of the Old: Technology and Global History since 1900. Oxford: Oxford University Press.
- Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar. Madrid: Siglo XXI.
- Koselleck, R. (1979). Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos. Barcelona: Paidós.
- Mumford, L. (1934). Technics and Civilization. New York: Harcourt, Brace & Company.