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Pensamiento crítico, criterio, juicio y opinión

“Siempre que te encuentres del lado de la mayoría, es hora de hacer una pausa y reflexionar”. Mark Twain.

Hombre joven reflexionando y practicando su pensamiento crítico
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Pensamiento crítico, fundamentación de la opinión, identificación de sesgos, desarrollo del criterio propio… Son conceptos que, con frecuencia, se repiten ante la avalancha de noticias y propuestas relacionadas con las tecnologías, y sobre todo, emergen en torno a la IA generativa. Se insiste en que el pensamiento crítico debe ser la herramienta que guíe la lógica de razonamiento y nuestra actuación como humanos, y que dicho modo de pensar debe ayudar a cuestionarnos planteamientos, a examinar nuestras creencias y a filtrar la avalancha de (des)información que recibimos, ya sea en redes sociales, en los medios de información o en meras conversaciones informales. Sin embargo, en ocasiones se mezcla pensamiento crítico con criterio, crítica, juicio u opinión en una amalgama que más que aclarar confunde. También se da el caso de que se tiende a limitar el pensamiento crítico a la capacidad de discernir lo verdadero de lo falso, a saber leer entre líneas o incluso a pensar fuera de lo establecido. ¿Qué significa, por tanto, pensamiento crítico, y por qué su fomento y estímulo se ha convertido en el centro de interés de las empresas?

Orígenes del pensamiento crítico

Se puede tomar a Sócrates como el pensador que sentó las bases de aquello que hoy llamamos pensamiento crítico, al aseverar que toda afirmación merece ser puesta a prueba. Frente a los sofistas, que se fundamentaban en la retórica, Sócrates propuso el hábito de cuestionar cada afirmación con preguntas. Su método, conocido como mayéutica, consistía en conducir al interlocutor a reconocer las propias contradicciones de sus creencias, revelando así las premisas ocultas o los vacíos intrínsecos en sus argumentaciones. El arte de la mayéutica socrática, sencillo de comprender, difícil de aplicar, es estudiado y practicado en la actualidad en el coaching ontológico. Al considerar que ninguna afirmación debe darse por sentada, Sócrates puso la primera piedra de lo que siglos más tarde se llamaría pensamiento crítico, es decir, una actitud de escepticismo constructivo y de voluntad de someter todo saber a la prueba de la razón.

Su discípulo Platón recogió esta herencia en sus diálogos, introduciendo la interacción dialéctica entre opuestos. La dialéctica platónica, lejos de ser un mero arte de debatir (lo que hoy llamaríamos “discutir”, sin una connotación peyorativa), es un ejemplo de exploración crítica, ya que se busca descomponer el problema en sus elementos esenciales o partes para después volver a ensamblarlos de forma más rigurosa y coherente.

Aristóteles, por su parte, aportó al pensamiento crítico la lógica formal, al sistematizar las reglas del silogismo y ofrecer un conjunto ordenado de criterios para garantizar la validez de los razonamientos presentados. En Los primeros analíticos, dos libros que se le atribuyen, desarrolló los diferentes ejemplos de falacias y estableció la diferencia entre demostración y probabilidad.

La lógica aristotélica permaneció casi intacta como herramienta de evaluación durante siglos, sosteniendo la idea de que el criterio, debidamente explicitado, es la base de cualquier argumentación seria, y el criterio se adquiere con estudio y experiencia.

Sobre sesgos y falacias volveremos a hablar más adelante, ya que son los pilares del pensamiento crítico.

Criterio, juicio, opinión y crítica

Como se enunciaba al inicio, en ocasiones se relaciona o confunde el pensamiento crítico con otros conceptos. Uno de ellos es el de criterio. Para la RAE, el criterio —del griego kritḗrion, “instrumento para juzgar”— es una “norma para conocer la verdad” y, en segunda acepción, un “juicio o discernimiento”. El criterio fusiona la pauta normativa, es decir, las reglas que orientan la selección y valoración de la información, con la dimensión cognitiva, que es la capacidad de discernir lo verdadero de lo falso a través del entendimiento. Se podría decir que el criterio se adquiere a través del conocimiento adquirido, del tiempo empleado en aprender, comprender, experimentar y, en definitiva, el tiempo (y esfuerzo, normalmente) destinado a saber de un tema o materia en concreto, con datos y experiencias que así lo confirmen. La cuestión es, ¿cómo corroborar que es válido lo que sabemos, o lo que otro sabe con criterio? ¿Cómo confiar en el criterio propio o en el ajeno? ¿Cómo se ha obtenido ese conocimiento, es decir, de qué fuentes? ¿Existe un único criterio y, de ser así, quién lo valida, o por el contrario es lícito e incluso deseable que cada persona tenga “su criterio”? ¿Se puede retar el criterio a través del juicio? En este punto entra este segundo concepto, que la RAE define como la “facultad por la que el ser humano puede distinguir el bien del mal y lo verdadero de lo falso”, así como el “acto y efecto de juzgar”.

El juicio madura con la experiencia y se conforma con los datos y la documentación. En la infancia se educa el juicio, y se fomenta a través de la duda, para ser capaces de discernir sesgos y manipulaciones. En la adolescencia y en la edad adulta se sigue entrenando cuando de, manera habitual, acudimos a contrastar las fuentes y los argumentos de lo que se nos presenta.

¿Es esta noticia que estoy viendo fidedigna? ¿Cuál es su fuente? ¿Quién lo emite? ¿Con qué intención? ¿Para qué me sirve? ¿Con qué lo relaciono? ¿Qué construye o destruye?

Junto al juicio, convive la opinión, entendida por la RAE como el “juicio o valoración que se forma una persona respecto de algo o de alguien” y, al mismo tiempo, como la “fama o concepto en que se tiene a alguien”. La opinión añade al pensamiento crítico un matiz subjetivo y social. La opinión puede surgir de la experiencia personal o de la reputación colectiva sobre un tema, y si bien no siempre se apoya en criterios explícitos u objetivo, puede enriquecer un diálogo cuando se contrastan visiones diversas. Como afirma el filósofo Fernando Savater, es lícito emitir una opinión, aunque no todas las opiniones son respetables, sobre todo si no se tiene criterio.

La crítica, por su parte, trasciende la mera opinión al implicar un “análisis pormenorizado de algo y su valoración según los criterios propios de la materia”, junto con la “expresión de un juicio” elogioso o censurador. Es, por tanto, la síntesis entre el examen sistemático y la valoración constructiva, y busca desentrañar la coherencia interna de un argumento, evaluar evidencias o proponer ciertas mejoras de manera fundamentada. Criticar no es hablar (u opinar) mal sobre algo o alguien. Es analizar, entender, sintetizar, y tiene mucho de pensamiento aristotélico.

De la educación a la sala de reuniones

En la infancia, la semilla del pensamiento crítico germina cuando los niños se atreven a preguntarse “¿por qué?” ante un cuento, una situación o una tarea cotidiana. Actividades inspiradas en la “Filosofía para niños” de Matthew Lipman proponen historias que, lejos de dar respuestas, estimulan a los pequeños a descubrir los supuestos ocultos y a practicar el diálogo socrático. Durante la adolescencia, esa inquietud se afina al enfrentar al alumnado a titulares sensacionalistas para aprender a detectar sesgos y a medir la fiabilidad de cada fuente. Ahora más que nunca, con la introducción de la IA generativa en las tareas escolares, en los trabajos de fin de grado o incluso en las tesis doctorales, es más importante que nunca aprender a usar las herramientas como ChatGPT, Copilot o cualquier otra con más prudencia y pensamiento crítico que nunca. Por eso algunos docentes están proponiendo actividades para discernir qué información de la que proporcionan estos modelos es falsa, por qué, cómo discriminar las fuentes, si hay intencionalidad o adulación en las respuestas, etc. En definitiva, a no creer lo que dice la máquina, por muy atractiva y coherente que parezca la respuesta. O, dicho de otro modo, a ser más listos y a tener más criterio que el algoritmo.

Al llegar a la edad adulta, el pensamiento crítico se relaciona íntimamente con la alfabetización digital y la revisión constante de nuestras propias convicciones. En un entorno empresarial saturado de datos e interpretaciones de estos, resulta esencial no aceptar de buen grado el “se hace así porque sí”, sino preguntarse: ¿Qué premisas sostienen este informe? ¿Qué criterios o fuentes se han aplicado en su elaboración? ¿Se están usando los datos para conducir mi pensamiento o mi acción hacia una opinión u otra? E incluso: ¿Por qué mi superior/mi mando/mi equipo me está pidiendo esto? ¿Qué motivaciones tiene? ¿Qué resultados espera? ¿Cómo puedo proporcionar una visión complementaria o alternativa este problema? ¿Qué conocimiento o experiencia tengo que puede complementar su criterio?

El hábito de poner en tela de juicio los procesos rutinarios fortalece la autonomía intelectual del profesional y, por tanto, la suma de capacidades y talentos dentro de la compañía.

Y no solo eso. Cuando evaluamos un informe o una noticia, cuando reflexionamos sobre una petición, una tarea o un proyecto que se nos encomienda, desarrollamos la autonomía ética que nos permite posicionarnos con coherencia ante los dilemas de la vida. Esto puede abarcar desde aspectos como tomar decisiones financieras reflexionadas hasta ser capaces de adoptar posturas morales frente a temas de actualidad, ya sean políticos, económicos, sociales o de cualquier otra índole, sin caer en el juicio temprano ni en la trampa de las noticias falsas diseñadas específicamente para provocarnos una respuesta temperamental e irreflexiva.

El pensamiento crítico opera como un hábito transversal e indivisible. Intentar diferenciar entre tenerlo en lo personal o en lo profesional es absurdo, ya  que la coherencia interna que hallamos al evaluar nuestras convicciones más íntimas —valores, proyectos de vida, relaciones interpersonales— se nutre de la integridad con que asumimos las responsabilidades profesionales, y viceversa. Y, a su vez, los protocolos de revisión crítica que se pueden practicar en el trabajo —con casos como el “Mapa de Supuestos” o el “Informe Fantasma”— fortalecen la disciplina mental necesaria para afrontar desafíos personales con rigor y creatividad.

Así, al arraigar el pensamiento crítico en ambos planos, la persona adulta se convierte en un agente de transformación capaz de aprender de los errores, de generar soluciones innovadoras y de actuar con responsabilidad social. En definitiva, la práctica sostenida del análisis reflexivo y de la valoración fundamentada diluye la frontera entre lo personal y lo corporativo, demostrando que solo una mente crítica, consciente de su conocimiento, experiencia y de los criterios que rigen su discernimiento, puede prosperar con integridad en un mundo cambiante.

Imagen de portada generada con Sora.

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1 comentario
  1. repository dice

    El texto aborda un tema crucial: la importancia del pensamiento crítico frente a la avalancha de información, especialmente en el contexto de la IA generativa. Me parece relevante destacar la confusión frecuente entre pensamiento crítico y opinión personal. ¿No sería necesario que tanto empresas como instituciones educativas definieran claramente su desarrollo y aplicación para formar criterios sólidos y responsables?

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