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La renuncia a la reflexión: el caso de la IA DeepSeek

"La falta de reflexión es inherente a la aceleración. La velocidad elimina cualquier distancia contemplativa." Byung-Chul Han, "El aroma del tiempo", 2009.

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En una sociedad donde la hiperconveniencia se ha convertido en un derecho adquirido, cada innovación tecnológica se presenta como la respuesta a una necesidad que ha de resolverse de forma inmediata, por prosaica que sea. Comer, comprar o ligar a través del móvil son síntomas de la ultracomodidad, y de un creciente y quizás preocupante aislamiento del individuo en su hogar. En este entorno vivido a través de la pantalla, retrasar la prueba o adopción de cualquier herramienta novedosa, ya sea para crear avatares con nuestro rostro o animaciones con nuestro artista favorito, puede llegar a considerarse como un acto de resistencia irracional propio de primitivos pretecnológicos. Nos precipitamos a instalar nuevas aplicaciones, a experimentar con algoritmos inéditos, sin detenernos a pensar en las implicaciones de nuestros actos.

La exigencia del «probar» está tan extendida que preguntar antes «por qué debería» o «para qué sirve» suena a la débil oposición del analfabeto digital que se resiste al cambio inevitable.

La reciente aparición de DeepSeek, el modelo de inteligencia artificial chino, es un ejemplo de esta dinámica: solo el registro en la plataforma implica una cesión de datos personales (correo electrónico, teléfono o ID de Google) que se realiza gentilmente, sin pensar en su custodia o destino. ¿Qué puede haber de malo en ceder esos pocos datos básicos, si no tenemos nada que ocultar? Si millones de personas ya lo han descargado y lo han probado, ¿qué puede haber de malo en la entrega voluntaria de información en un mundo dominado por la sustracción y venta de datos y la opacidad de la inteligencia artificial?

Ya en 1981, Baudrillard advertía en su obra Simulacres et simulation  que vivimos en una realidad donde el signo precede a la cosa misma. En el caso de la IA, esto se traduce en la aceptación acrítica de que cada avance tecnológico es sinónimo de progreso, y que el progreso es, por definición, siempre positivo (sin especificar para quién). No nos preguntamos si lo es, simplemente asumimos que debemos sumarnos a la ola porque otros, porque “todos lo hacen”, y por tanto, es lo que ha de hacerse. Porque DeepSeek, como otros desarrollos recientes, representa un artefacto que, lejos de ser neutro, opera dentro de una lógica de vigilancia y control.

El acceso inmediato y gratuito al conocimiento prometido es solo un espejismo, un canto de sirena: el verdadero precio es nuestra información personal, que se vuelve mercancía dentro de redes de control cuyo funcionamiento nos es desconocido. También implica penetrar en una marea de conocimiento cuestionable y sesgado que, quizás, nos hunda aún más en el pozo de la desinformación y de la incapacidad de discernir lo verdadero de lo falso, alimentando nuestros sesgos cognitivos y reforzando burbujas de información que erosionan aún más nuestra capacidad crítica.

El impulso de probarlo todo de inmediato responde a lo que Byung-Chul Han (2017) denomina sociedad del cansancio, en la que la hiperactividad digital nos lleva a una saturación de estímulos sin espacio para la reflexión.

La idea de que todo debe estar disponible «ya y desde aquí donde estoy» se articula con un individualismo consumista extremo que confunde comodidad e inmediatez con bienestar. No es casual que, como señala Zuboff en The Age of Surveillance Capitalism (2019), los sistemas digitales no solo busquen facilitarnos la vida, sino moldear nuestras expectativas y hábitos de consumo, preferentemente dentro del hogar, donde todo es fácilmente medible y observable a través del scroll infinito que hacemos reclinados en el sofá. En este marco, la pregunta esencial no es si DeepSeek es un motor de búsqueda eficiente o ni siquiera neutro, sino qué clase de subjetividades fomenta, y qué mecanismos de control legitima.

Al aceptar sin crítica cada novedad tecnológica renunciamos a un espacio de deliberación único que nos pertenece como individuos.

No nos preguntamos si deberíamos usar o siquiera instalar DeepSeek, solo nos preocupamos por su eficacia y por decir «yo lo probé». Este deslizamiento desde la reflexión hacia la operatividad inmediata es el síntoma de una época que no busca comprender, sino simplemente funcionar y operar. Y, además, haciéndolo desde la impaciencia y la precipitación irreflexiva que, como es sabido, no siempre lleva a los mejores resultados.

La pregunta que deberíamos hacernos por tanto no es si DeepSeek es mejor o peor que otras IAs, si China le está comiendo el terreno a los players norteamericanos y ni siquiera qué hace DeepSeek con nuestros datos, sino qué hacemos nosotros, como seres humanos, con nuestra autonomía y nuestra capacidad de pensamiento crítico. Hemos normalizado la cesión constante de información sin saber a cambio de qué, sin sospechar que el costo de la hiperconveniencia podría ser la erosión de nuestra capacidad de reflexionar antes de decidir, de pensar antes de actuar. En definitiva, de ceder a otros y a sus máquinas la capacidad de que piensen y decidan por nosotros.

Para saber más:

La trampa de la hiperconveniencia o por qué nos hemos vuelto adictos al todo-ya-para mí: «Estamos atrofiando la parte del cerebro que sirve para tomar decisiones» | Historias

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