Tecnosolucionismo y pensamiento mágico

"Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia." Clarke, A. C. (1973). Perfiles del futuro: Una indagación sobre los límites de lo posible.

El tecnosolucionismo se ha consolidado como una de las racionalidades dominantes de nuestro tiempo. Funciona como un marco implícito desde el que se definen “los problemas del mundo” (enunciados así, de forma absoluta) y se anticipan las posibles respuestas desde el punto de vista de la tecnología. Dicho de otro modo, ante un conflicto, una ineficiencia o una tensión social, se activa de forma casi automática la expectativa de una intervención técnica, de una máquina o, ahora, de un algoritmo, que lo solucione todo mágicamente.

En el marco del tecnosolucionismo, la tecnología deja de entenderse como un conjunto de herramientas y se convierte en un sistema que comprende y ajusta las irregularidades o «fallos» del mundo.

Las llamadas smart cities son un ecosistema en el que se puede observar esta lógica. La gestión urbana se plantea como una cuestión de datos y sistemas que han de ser controlados de forma continua. La ciudad es un entorno observable, regulable, donde los comportamientos pueden ser  corregidos siempre que haga falta, e incluso de forma predictiva. Lo urbano deja de comprenderse como un espacio diseñado por y para las personas a lo largo de la historia para presentarse como un sistema defectuoso y, por tanto, optimizable.

El tecnosolucionismo conecta con una forma de pensamiento que resulta menos racional de lo que parece. Existe una tendencia creciente a atribuir a la tecnología una capacidad casi automática de resolución, como si su funcionamiento estuviera dotado de una eficacia intrínseca independiente de su diseño y de las personas que la controlan. Esta actitud se aproxima a lo que, en términos epistemológicos, puede describirse como pensamiento mágico.

El pensamiento mágico no se caracteriza por la ausencia de causalidad, sino por una relación diferente con ella. En el pasado, el pensamiento mágico llevaba a las personas a atribuir a causas preternaturales o sobrenaturales (como espíritus u otras entidades) aquello que no era explicable, como la enfermedad, las plagas o la muerte. Frente a la tradición del pensamiento científico, que se fundamenta en la comprensión del funcionamiento de las cosas (ya sea el cuerpo, la naturaleza o los astros), el pensamiento mágico acepta el resultado sin interrogar el mecanismo que lo provoca.

La tecnología contemporánea, de la cual es buen ejemplo la IA, lejos de fomentar una comprensión racional por parte de sus usuarios, suele presentarse como una caja negra cuya eficacia basta para legitimar su uso. No quiero saber cómo funciona: solo quiero que (me) funcione.

Esta lógica se ha naturalizado en la vida cotidiana. No se espera entender cómo operan los sistemas que nos permiten acceder a nuestras plataformas de contenidos digitales favoritas, o que nos traen comida a casa a la hora determinada. Basta con que funcionen. Por tanto, el interés por el funcionamiento interno se sustituye por una confianza práctica que roza la delegación acrítica y perezosa.

En este contexto, la tecnología se aproxima más a un artefacto mágico que a un objeto técnico y explicable científicamente en sentido estricto.

Evgeny Morozov ha señalado cómo esta confianza se traduce en la expectativa más urgente que nunca de soluciones inmediatas. La complejidad del mundo se reduce a pocas palabras, pocas instrucciones, pocos clics o toques de dedo para adaptarse, no a lo que los sistemas pueden procesar, sino a lo que las personas pueden ordenar. La opacidad se tolera porque el resultado es funcional. La autoridad técnica se impone sin necesidad de consenso, de reflexionar si estamos de acuerdo en cómo funcionan los sistemas o qué sacan de nosotros.

Por su parte, Shoshana Zuboff ha mostrado cómo esta racionalidad se articula con un modelo económico basado en la extracción de datos de nosotros, los usuarios. La experiencia cotidiana de cada persona en su día a día se convierte en información procesable, de tal modo que el comportamiento humano se anticipa y se condiciona, y más aún cuanto mejor funciona el sistema, ya que menos se cuestiona. El tecnosolucionismo encuentra aquí un terreno abonado al alinearse con una economía que valora lo predecible por encima de lo comprensible.

Tanto en el análisis de Morozov como en el de Zuboff aparece una idea común, que es que esta relación con la tecnología no es irreversible. Es el resultado de una forma específica de pensar, de una renuncia progresiva a comprender los sistemas que organizan la vida social, y que por tanto podemos ejercer nuestro derecho a volver a tomar el control.

Por ello, frente al poder del tecnosolucionismo surgen prácticas que intentan restituir una relación más consciente con lo técnico y lo tecnológico. Es el caso del llamado perma-computing, que propone usos que dan prioridad a la comprensión, la reutilización y la limitación voluntaria en el uso limitado de la tecnología. Estas prácticas proponen una pausa que permita volver a pensar qué esperamos de la tecnología y qué estamos dispuestos a delegar en ella.

Todo este debate apunta hacia la necesidad de una digitalidad más crítica. Una actitud que recupere el interés por entender cómo funcionan los sistemas y por situarlos en un marco cultural. ¿Para qué sirve esta app que me estoy instalando? ¿Qué datos estoy cediendo? ¿Por qué debo entrenar a este algoritmo? Rousseau advertía que las artes y las ciencias requerían reflexión para no volverse perjudiciales. Hoy esa advertencia parece más sensata que nunca, ya que pensar en la civilización digital implica resistir la tentación de aceptar la tecnología como si fuera magia.

Imagen generada con Freepik.

Para saber más:

  • Morozov, E. (2015). La locura del solucionismo tecnológico. Buenos Aires: Katz Editores.
  • Zuboff, S. (2020). La era del capitalismo de la vigilancia: La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Barcelona: Paidós.
  • Rousseau, J.-J. (2004). Discurso sobre las ciencias y las artes. Madrid: Alianza Editorial.
    (Obra original publicada en 1750).

 

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