Junto con la IA, han florecido recientemente distintas narrativas utópicas sobre un futuro transformador, con sus promesas de prosperidad, de conocimiento aumentada e incluso de trascendencia más allá de la vejez y la muerte. En paralelo, surgen sentimientos encontrados de decepción o de melancolía futurista por lo que se pensaba que iba a ser y (aún) no fue… o nunca será.
Este fenómeno se entiende como postalgia, la añoranza por un futuro idealizado que nunca llegó a concretarse. A diferencia de la nostalgia, que mira con anhelo a un pasado idealizado, la postalgia se refiere a la añoranza de un futuro “perfecto” que fue fervientemente imaginado, pero que en la práctica no se ha cumplido.
De las promesas de la IA al desencanto
Desde sus orígenes a mediados del siglo XX, el campo de la inteligencia artificial estuvo rodeado de un imaginario futurista lleno de optimismo. Científicos y divulgadores prometían máquinas pensantes capaces de resolver los grandes problemas de la humanidad y así liberar a las personas de trabajos rutinarios, inaugurando una nueva era de abundancia y de realización personal. En la cultura popular, estas esperanzas se tradujeron en las visiones utópicas de la ciencia ficción, aunque también surgían visiones distópicas, escépticas, críticas e incluso temerosas sobre ese futuro en el que la tecnología obnubilara todo lo que significa ser humano.
Para el profesor Sierk Ybema, la postalgia en el ámbito empresarial se define como la tendencia a “escapar de un presente problemático esbozando un futuro ideal y prometiendo que ese futuro está al alcance”. En la actualidad la IA encarna justamente ese tipo de promesa, es decir, la idea de que el futuro va a ser mejor, más productivo más rápido, más boyante, y que todo eso está al alcance de nuestra mano, si nos ponemos “verdaderamente” con ello.
Ya sea desde una visión utópica como desde una distópica, se asumía, tanto en el presente como en el pasado, que la inteligencia artificial alcanzaría niveles extraordinarios de autonomía y poder. Es decir, tanto las esperanzas más idealistas como los temores más viscerales compartían la fe en que el futuro, es decir, nuestro presente actual, estaría radicalmente transformado por la IA, la robótica y la tecnología aeroespacial, entre otras.
Llegados al siglo XXI, es evidente la distancia que existe entre aquellos futuros imaginados y la realidad efectiva de la IA. Buena parte de las promesas permanecen incumplidas, al menos en los términos en que se anticiparon. Los coches aún no vuelan, los robots domésticos distan mucho de tener conciencia o sensibilidad, y la superinteligencia general equivalente o superior a la humana sigue siendo una quimera. Al comparar nuestra realidad actual con las visiones futuristas del pasado, se siente un sabor agridulce que surge al contemplar la brecha entre las expectativas alimentadas por la ficción (y en general por el optimismo tecnológico) y el devenir real de los acontecimientos. Esto genera la postalgia, esa suerte de melancolía por el futuro que “debería haber sido” y no fue.
La postalgia no implica únicamente decepción por lo que no ha sido, sino también una sensación de extrañeza ante cómo se han materializado ciertos avances. Dicho de otro modo, a veces el futuro sí llegó, pero no de la manera esperada.
Un ejemplo ilustrativo es la omnipresencia de la IA en la actualidad. A mediados del siglo XX se soñaba con autómatas humanoides; en cambio, la IA de nuestros días se sustenta en algoritmos abstractos que operan en la nube, analizando datos personales para recomendar el siguiente video a ver en IG o para controlar los precios en los mercados financieros. De algún modo, la inteligencia artificial está aquí, pero camuflada de aplicaciones cotidianas que no inspiran el asombro ni por así decirlo la épica que antaño se imaginó. Esta realización parcial y algo prosaica de las expectativas contribuye a una melancolía difusa, puesto que vivimos rodeados de tecnologías avanzadas, y sin embargo persiste la sensación de que el verdadero futuro prometido se nos ha escatimado, es decir, nos sigue siendo ajeno.
La realidad postálgica de la IA en el siglo XXI
En las primeras décadas del siglo XXI, la inteligencia artificial ha logrado avances notables que han traído consigo dilemas sociales y desilusiones que alimentan la postalgia. Uno de los ámbitos más discutidos es la automatización del trabajo.
La expectativa futurista de que las máquinas se ocuparían del trabajo pesado liberando a los humanos para el ocio creativo se ha cumplido solo a medias, y a menudo de forma polémica.
Por un lado, la automatización impulsada por IA está reemplazando tareas antes realizadas por personas, desde la manufactura industrial hasta el análisis de datos. Por otro lado, lejos de inaugurar una era de ocio utópico, este proceso está generando ansiedad e incertidumbre laboral. El historiador Yuval Noah Harari advierte que para mediados de este siglo podría surgir una «clase inútil» (useless class) compuesta por personas desplazadas por la IA, no simplemente desempleadas sino in-empleables en el nuevo orden tecnológico. Tal pronóstico conlleva una profunda inquietud filosófica y social, puesto que qué sentido tendrá la vida para grandes masas de individuos cuya contribución laboral ya no sería «necesaria», al menos desde el prisma actual de lo que se entiende por “utilidad” y “trabajo”. En lugar de la emancipación prometida, la automatización amenaza con la exclusión y el vacío existencial para muchos, alimentando una suerte de nostalgia por el tiempo en que el trabajo humano se consideraba indispensable, y dotaba de identidad y sentido a la vida de muchas personas.
Otro fenómeno interesante es la transformación del ámbito creativo y cultural con la entrada de las IA generativas, que ha provocado la reacción firme de algunos artistas y creadores, al ver en ella una amenaza a su trabajo y un síntoma de un futuro donde la creatividad humana pierde su lugar privilegiado.
En el ámbito creativo, esta reacción también se puede considerar postálgica, ya que alberga el sentimiento de pérdida por un orden cultural en el que la obra de arte era creación exclusiva de la mano y la mente humanas, a diferencia de un presente donde los algoritmos devoran y regurgitan estilos desvinculados de contexto, a la espera de que los propios artistas den un nuevo sentido al concepto de arte generativo.
La IA, tal y como la hemos visto en la actualidad en nuestros móviles, en nuestros ordenadores corporativos o en nuestras relaciones interpersonales, ha cumplido muchas de sus promesas, pero de formas que también suscitan nuevos problemas. Las máquinas piensan, sí, pero ¿con qué propósito y bajo el control de quién? La productividad aumenta gracias a la automatización, pero los beneficios se concentran y las desigualdades se agravan. Tenemos asistentes virtuales que entienden nuestra voz, pero también sistemas opacos que deciden qué serie vemos o si se nos concede un crédito bancario. Este contraste entre el futuro idealizado de la IA y su materialización alimenta un clima cultural de decepción postálgica, una melancolía no orientada al pasado, sino al futuro que imaginábamos y que ha resultado ser más complejo, prosaico o inquietante de lo esperado.
Para proponer salidas a esta melancolía y desencanto futurista, pensadores como el sociólogo Zygmunt Bauman buscan las raíces en conceptos como la retrotopía, entendida como la tendencia a proyectar nuestras esperanzas hacia un pasado idealizado en vez de hacia el futuro prometedor.
Esto se manifiesta en fenómenos como el auge de ciertos nacionalismos nostálgicos o la moda de lo “vintage” y el revival cultural constante. La retrotopía es, en cierto modo, el reverso de la postalgia, ya que es la nostalgia de un futuro perdido, mientras que la retrotopía es la utopía revertida hacia el pasado. En cualquier caso, ambos conceptos reflejan una misma crisis temporal de nuestra contemporaneidad, que es la pérdida de fe en el futuro como horizonte de mejora.
Para terminar
La relación entre la irrupción de la inteligencia artificial y el sentimiento de postalgia en la sociedad contemporánea es, en última instancia, un reflejo de nuestra compleja interacción con el tiempo histórico que nos ha tocado vivir y las promesas de un progreso más tecnológico que nunca. La IA, como baluarte del futuro tecnológico, condensó expectativas casi mesiánicas que en buena medida no se han visto realizadas o lo han hecho de manera ambivalente. Esta brecha entre la promesa y la realidad ha generado una melancolía hacia el futuro, una especie de nostalgia orientada no al pasado sino al porvenir imaginado que no pudo ser. En el siglo XXI, convivimos con dispositivos y algoritmos inteligentes que habrían asombrado a generaciones previas, pero al mismo tiempo hemos dejado de creer que el mero avance técnico conlleve automáticamente un mundo mejor. La postalgia es por tanto la manifestación afectiva de ese desencanto, ya que añoramos no solo lo perdido del ayer, sino lo perdido del mañana. Ahora bien, una comprensión de esta postalgia no debería llevarnos a la paralización, sino a una postura crítica y creativa. Identificar la melancolía cultural por las promesas fallidas del futuro es el primer paso para liberarse de su hechizo. Tal vez así podamos convertir la postalgia en acción y transformar la nostalgia por el futuro que no fue en la construcción consciente del futuro que aún puede ser.
Para saber más:
- Bauman, Z. (2017). Retrotopia. Cambridge: Polity Press.
- Eggers, D. (2013). The Circle. New York: Knopf.
- Harari, Y. N. (2018). 21 lecciones para el siglo XXI. Barcelona: Debate.
- Reynolds, S. (2011). Retromania: Pop Culture’s Addiction to Its Own Past. New York: Faber & Faber.
- Ybema, S. B. (2004). Managerial postalgia: Projecting a golden future. Journal of Managerial Psychology, 19(8), 825–841.