Apocalipsis y tecnología: en búsqueda de la revelación en tiempos de colapso

"El mundo ha envejecido, y ya no permanece en la fuerza en la que antes se sostenía; ni posee el vigor y la potencia que en otro tiempo tuvo (...) el propio mundo lo está proclamando y da testimonio de su decadencia por medio del estado de ruina en el que se halla." San Cipriano de Cartago, 252 d. C.

En los últimos años nos vemos rodeados, saturados incluso, de narrativas de colapso. Algunas de estas tienen que ver con la crisis climática, la irrupción de la automatización y la destrucción de empleo, la vigilancia algorítmica, los sistemas de inteligencia artificial descontrolados, el fin de la creatividad o incluso la extinción de la especie humana tal y como la conocíamos. Estos relatos, que oscilan entre el alarmismo tecno-fóbico y la fascinación apocalíptica, no son originales. Lo que sí que es nuevo es la amplificación que de ellos hace la tecnología en un mundo globalizado.

El libro Apocalipsis. Revelaciones, miedos y futuros posibles de María Pandiello (Editorial La Felguera, 2025) ofrece un marco de análisis alternativo para reflexionar sobre la situación “apocalíptica” o de colapso que se puede percibir en la actualidad. En lugar de entender el apocalipsis como un relato de destrucción final, Pandiello recupera su sentido original, el de apokálypsis como revelación, como desvelamiento de aquello que ya estaba ahí, latente, pero aún no formulado.

Desde esta perspectiva, el apocalipsis no constituye una profecía de un presente que termina con todo, sino más bien una herramienta cultural que ayuda a leer el mundo cuando este se vuelve incomprensible.

Tecnologías, IA y escenarios de colapso

Los actuales relatos negativos sobre la inteligencia artificial como sustituta del ser humano, los algoritmos opacos que deciden sobre nuestras vidas o los sistemas que fulminan nuestra creatividad funcionan como escenarios de futuro tecno-apocalípticos contemporáneos.

Se imagina en esos futuros la destrucción de los marcos que nos permitían entender el mundo y darle sentido, sin llegar a enunciar literalmente el fin de la humanidad.

Cuando la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad para interpretarla simbólicamente, emerge una sensación de amenaza difusa y, justo por eso, aún más inquietante que si estuviera claramente definida. La IA se convierte en una señal ambivalente y turbadora, ya que por un lado nos trae la promesa de mayor eficiencia y progreso, pero también la amenaza de la deshumanización y de fin del orden conocido. Como en otros momentos históricos en cuales las sociedades cambian profundamente, el miedo no proviene solo del cambio, sino de la imposibilidad de explicarlo con las narrativas conocidas.

El Apocalipsis de San Juan y la sensación de emergencia previa al cambio

El texto del Apocalipsis de San Juan surge en un contexto de persecución del cristianismo, de crisis y decadencia política y de descomposición del orden imperial establecido. Por tanto, es un relato escrito desde la urgencia y desde la angustia. San Juan desea con su texto activar una conciencia de emergencia, una llamada de atención universal, y es que algo debe cambiar inmeditamente porque el mundo tal como existía se ha vuelto inhabitable.

Con muchos siglos de diferencia, la lógica se repite hoy. La constante apelación al “punto de no retorno”, a la “singularidad tecnológica” o al “colapso inminente” del mundo tal y como lo conocemos sirve para intensificar la percepción del tiempo, comprimir el presente y forzar una toma de posición respecto a lo que sucede (no solo con la tecnología, sino también con el nuevo orden mundial que se está configurando, y que no alcanzamos a comprender).

El apocalipsis aparece, una y otra vez, cuando una sociedad presiente que el viejo orden ya no puede sostenerse, pero el nuevo aún no ha sido formulado.

Nostalgia, pérdida de familiaridad y miedo a las nuevas narrativas

En estos escenarios de cambio convulso e incomprensible, uno de los efectos más reconocibles es el incremento de la nostalgia por un mundo cada vez más irreconocible.

La nostalgia es una reacción antropológica ante la pérdida de referencias, y una búsqueda de aquellos símbolos que nos hacen sentir de algún modo seguros: las películas y la música de la adolescencia, la moda de hace décadas, y otros.

De ahí la era dorada de series exitosas como Stranger Things, que recuperan dichos símbolos de hace 30 o 40 años, y generan puentes intergeneracionales entre padres e hijos que disfrutan juntos de los episodios.

La tecnología, y especialmente la IA, introduce nuevas narrativas y mediaciones que rompen con la experiencia cotidiana del mundo. Cuando ya no entendemos cómo se toman las decisiones, cómo circula la información o cómo se produce el conocimiento, emerge una sensación de extrañamiento.

El apocalipsis, en este contexto, funciona como una suerte de lenguaje de duelo y nos ayuda a dar forma a la falta de familiaridad creciente que percibimos en el mundo que nos rodea.

La necesidad de crear un enemigo: del Diablo apocalíptico a los enemigos modernos

Uno de los elementos centrales del imaginario apocalíptico es la construcción del enemigo, algo analizado de forma pormenorizada por Umberto Eco. En el Apocalipsis bíblico, esta figura se encarna en el Diablo, la Bestia o el Anticristo, como entidades que encarna el mal, ayudan a canalizar el conflicto y ofrecen un rostro identificable a la amenaza.

Hoy, aunque los nombres cambien, la lógica de la búsqueda del enemigo persiste. El enemigo puede ser la IA, las grandes corporaciones tecnológicas, los algoritmos, “el sistema”, o incluso colectivos humanos convertidos en chivos expiatorios, como tristemente nos demuestra la Historia, una y otra vez.

La función de crear un enemigo es externalizar el miedo, darle una forma reconocible y una narrativa, y convertir así una crisis compleja y abstracta en algo que se puede enfrentar, contra lo que se puede luchar. El enemigo común también genera un sentido de urgencia y, sobre todo, ayuda a unir fuerzas contra ello.

Es por ello que en su obra Pandiello subraya que estas figuras (el Diablo, la bruja, el Anticristo…) no son solo fantasías, sino que se deben entender como dispositivos políticos y simbólicos que ordenan el miedo y sirven para canalizar la ansiedad social.

La tecnología como amplificadora del mensaje apocalíptico

La relación entre apocalipsis y tecnología no es nueva. A finales del siglo XV y con un gran sentido de innovación empresarial, Albrecht Durero utilizó la entonces revolucionaria tecnología de la imprenta para difundir de forma masiva su propia serie de grabados sobre el Apocalipsis. Aquellas imágenes, tan reconocibles —los Cuatro Jinetes, las catástrofes, las visiones— ilustraban un texto bíblico, pero sobre todo servían para amplificar su impacto emocional perturbador, haciéndolo comprensible para un público mayoritariamente analfabeto.

Hoy, la IA, las redes sociales y los sistemas de recomendación cumplen una función similar, aunque a una escala mucho mayor. El mensaje apocalíptico se replica, se acelera, se personaliza y se viraliza. La tecnología no crea el miedo, pero lo intensifica, lo distribuye y lo convierte en experiencia cotidiana.

¿Por qué buscamos revelaciones cuando la realidad se vuelve hostil?

Buscamos revelaciones cuando el mundo deja de tener sentido. Cuando la experiencia cotidiana se percibe como caótica, incomprensible o amenazante, el apocalipsis ofrece una estructura narrativa compresible.

Dicho de otro modo, el apocalipsis proporciona un marco que explica el sufrimiento que se vive (físico, emocional, espiritual…), señala las causas, identifica los posibles responsables (como se comentaba antes, con la construcción de un enemigo) y, sobre todo, promete que el caos no es eterno y que la situación pasará y “se resucitará” en un nuevo mundo y orden.

No es el fin del mundo, sino el fin de un mundo

Una de las ideas más potentes del libro de Pandiello es la distinción entre el fin del mundo y el fin de un mundo.

El apocalipsis no anuncia necesariamente la aniquilación total, sino una transformación profunda del orden existente: de las jerarquías, de los cuerpos y de los sistemas que nos habilitan para dar un sentido al mundo en el que vivimos.

Aplicado a la IA y a la tecnología contemporánea, esto nos puede llevar a preguntarnos si estamos ante el colapso de la humanidad, o más bien ante el colapso de un modelo histórico concreto de “lo humano”. Porque si pensamos en el apocalipsis como revelación y no como catástrofe, se abre la posibilidad de imaginar otros futuros, huir de la parálisis y pensar que quizás el cambio era inevitable. Quizá, como en otros momentos históricos, no estemos asistiendo al final de todo, sino al doloroso tránsito hacia algo que aún no sabemos nombrar. Y precisamente por eso seguimos recurriendo, una y otra vez, a las imágenes del apocalipsis.

Para saber más: 

 

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