Raro sería que pasara el día de hoy sin leer alguna noticia, novedad o evento relacionado con la inteligencia artificial (IA). Hasta en los anuncios publicitarios del cine y las redes sociales ya se identifican aquellos realizados con la intervención de la IA. Nos apabullan con los tips de productividad y recordatorios de todo lo que podríamos haber hecho «de más» si hubiéramos usado mejor la IA, como si fuera maná caído del cielo. Aparecen nuevos conceptos técnicos y palabras que, para el común de los mortales, no significan nada, y cuando muchos se apuntan por fin a un curso para saber redactar buenos promtps, resulta que ya no hace falta porque el lenguaje natural lo entiende todo. Sin embargo, como cuando todo se agota hay que buscar nuevas vías de exploración y sorpresa, en un giro que no es casual ni accidental, asistimos hoy a un renovado interés por el humanismo y las humanidades (a menudo tristemente confundidos ambos conceptos), sobre todo en ámbitos como el liderazgo empresarial, la innovación y la gobernanza tecnológica.
En este mundo tan rápido y tecnificado parece que resultaría absurdo proponer parar y reflexionar sobre el porqué y el para qué de todo esto que está ocurriendo. Y precisamente eso es lo que proponen las humanidades.
Este giro sutil pero notorio del interés hacia «lo humano» plantea preguntas de fondo, tales como qué entendemos hoy en día por humanismo y por humanidades, y por qué resurgen ahora, precisamente con el auge de la inteligencia artificial. También cabe pensar hasta qué punto este acercamiento responde a una necesidad profunda de las personas o de las empresas o, por el contrario, resulta una apropiación oportunista de un discurso que goza de una renovada legitimidad social.
Humanismo
El humanismo no es una etiqueta flexible ni un eslogan adaptable a cualquier contexto, sino una tradición intelectual y ética que sitúa al ser humano en el centro de la reflexión sobre el mundo. Históricamente, surge en el Renacimiento temprano como reacción frente a un pensamiento escolástico cerrado y como recuperación crítica de los textos clásicos grecolatinos. No se trataba solo de admirar una Antigüedad clásica idealizada, sino de afirmar la capacidad humana para comprender, interpretar y transformar la naturaleza a través del conocimiento y la experiencia. Como marco ontológico, por tanto, se podría diferenciar entre el humanismo de los clásicos grecorromanos del humanismo renacentista o de su postrera reinterpretación a la luz de la Ilustración.
En su sentido contemporáneo, el humanismo implica la centralidad de la persona entendida no como recurso, sino como fin. Es por tanto una suerte de conciencia supra histórica (desde el punto de vista occidental) que permite interpretar el presente a la luz del pasado, además de una actitud crítica frente a los dogmas tecnológicos, ideológicos o económicos.
El humanismo recuerda la responsabilidad ética ante el poder, ya sea político, económico o algorítmico, algo tan necesario en los días que corren, donde cualquier fin parece justificar los medios. Hablar hoy de humanismo implica interrogar la tecnología desde criterios humanos, y no desde parámetros de eficiencia o rendimiento de las personas.
Las humanidades
Las humanidades, por su parte, se podrían definir de forma somera como el conjunto de disciplinas que estudian las producciones simbólicas y culturales del ser humano a lo largo de la historia. Entre ellas se enumeran la filosofía, la historia, la literatura, la historia del arte, la filología o la antropología. Estas disciplinas se orientan a formular preguntas fundamentales sobre el sentido de la existencia humana, la memoria, el lenguaje, el poder y la identidad. En su desarrollo más reciente, las humanidades digitales han incorporado herramientas tecnológicas sin renunciar a este núcleo interpretativo.
En un contexto dominado por métricas, datos y modelos predictivos, las humanidades aportan profundidad y reflexión. Son saberes lentos en un mundo acelerado, y por ello resultan hoy más necesarios que nunca.
El renovado interés por las humanidades puede correlacionarse de algún modo con la omnipresencia de la tecnología y, concretamente, de la IA. La penetración de los sistemas algorítmicos en numerosos ámbitos de la vida cotidiana parece enunciar que no hay límites técnicos… pero sí los debe haber en cuanto al entendimiento de eso que llamamos “bien común” o “humanidad”. Cada vez que se delegan decisiones relevantes a los sistemas opacos de las máquinas, surge la pregunta de dónde queda la responsabilidad del humano. A esto se suma el hecho de que muchos de los problemas asociados a la inteligencia artificial no pueden resolverse con más código ni con mejores modelos. Los sesgos algorítmicos, la vigilancia masiva, la deshumanización del trabajo o la sustitución de los criterios morales por la optimización estadística exigen marcos de interpretación que exceden lo técnico y entran en lo humano, en lo relacional. Aquí, las humanidades son imprescindibles para crear un espacio de reflexión pausado, y como disciplinas que invitan a pensar en las consecuencias de nuestras decisiones tecnológicas.
Liderazgo y humanismo
Uno de los ámbitos donde este retorno resulta más visible es el del liderazgo. En el discurso empresarial y organizacional se habla cada vez más de “líderes humanistas”, y se sitúan alrededor del concepto -en ocasiones definido de forma vaga-, palabras como pensamiento crítico, ética y propósito o trascendencia. Este acercamiento entre humanidades y liderazgo puede interpretarse de dos maneras no excluyentes.
Por un lado, responde a una necesidad real de reubicar al individuo y a las agrupaciones que conforman en un mundo en transición. Las empresas, enfrentadas a una miríada de cambios que no se ven capaces de contener, miran a sus líderes y les piden ser capaces de interpretar lo que está ocurriendo, gestionar la incertidumbre, comprender el impacto social de sus decisiones y asumir las responsabilidades por las cuales les pagan, sobre todo cuando los trabajadores -y sus familias- se van a ver directamente impactadas por sus decisiones. En este sentido, las humanidades ofrecen herramientas para generar un modelo de liderazgo más consciente y responsable en la era actual.
Por otro lado, existe un riesgo evidente de instrumentalización del humanismo, sobre todo cuando no se comprende con suficiente profundidad y se queda en eslóganes como “líderes más éticos”, “poniendo a las personas en el centro” o “siendo más humanistas”.
Cuando “el humanismo” se incorpora al discurso del liderazgo sin un cuestionamiento real de las estructuras de poder que subyacen en el fondo de la organización, se convierte en una retórica inane que pone el foco en «los líderes», como si los demás individuos que conforman esa pequeña sociedad que constituye cualquier empresa estuvieran expectantes y atentos a lo que otros deciden por ello.
Por extensión y contagio, las humanidades corren el riesgo de reducirse a un conjunto de habilidades blandas descontextualizadas, reducidas a palabras evocadoras pero sin contenido real detrás, como pensamiento crítico, propósito y trascendencia, visión holística, ética… En esos casos, «lo humanístico» funciona más como una estrategia de atracción de marca que como un marco crítico de pensamiento.
Más que hablar de un retorno de las humanidades, quizá habría que reconocer que nunca se fueron. La inteligencia artificial ha hecho visible una verdad incómoda, y es que podemos automatizar procesos, pero no delegar el sentido de lo que hacemos ni la responsabilidad sobre lo que pensamos o producimos. Es decir, la responsabilidad sobre nuestros actos.
Ese espacio es el que ocupan el humanismo y las humanidades. La cuestión no es si están de moda, sino si estamos dispuestos a entender lo que significan en serio, incluso cuando incomodan o cuestionan modelos de poder establecidos. Porque el auténtico humanismo no sirve para embellecer discursos ni para aliviar conciencias, sino para pensar críticamente acerca del mundo que estamos construyendo.
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