En el ensayo El conocimiento perdido de la imaginación (Atalanta, 2020), Gary Lachman plantea una tesis que invita a reflexionar sobre el pensamiento analítico y el pensamiento imaginativo desde su escisión en el siglo XVII. Según Lachman, la imaginación no es un residuo de la mente infantil enterrado en nuestra psique, y tampoco una facultad secundaria frente a la razón y la lógica. Por el contrario, constituye una forma de conocimiento que ha sido marginada por la modernidad, en pro del pensamiento científico como único medio de obtener una explicación racional de los fenómenos del mundo exterior.
A lo largo del siglo XVII, y de forma acelerada desde la Revolución industrial, el pensamiento científico positivista fue ganando terreno al pensamiento mágico y el mundo de la imaginación, de modo que el conocimiento “válido” ha quedado asociado casi en exclusiva a lo medible, lo cuantificable y lo verificable de forma empírica.
El resultado del soterramiento de la imaginación es, según pensadores como McGilchrist, “una imagen del mundo cada vez más fragmentada, con una consciencia cada vez menor del ‘aglutinante’ intuitivo, necesario para mantener unidas las cosas”.
Imaginación, fantasía y evasión
En este proceso iniciado hace más de cuatro siglos, la imaginación se ha llegado a equiparar con la fantasía, con la evasión o la creatividad, perdiendo su estatuto epistemológico. De hecho, expresiones como “lo que no son cuentas son cuentos” o “eso son imaginaciones tuyas” tienen un cariz peyorativo que, de forma inconsciente, reflejan la asociación de la imaginación con lo imaginario o fantasioso.
Frente a esta visión reduccionista y limitada del poder de la imaginación para comprender el mundo -que, por cierto, existía y existirá antes y después de nuestro efímero paso por él, pese a lo que algunos piensan de sí mismos- Lachman propone recuperar una tradición filosófica y cultural en la que la imaginación era entendida como puente entre el mundo interior y el exterior, y polo complementario del pensamiento racional. Como expone en su libro parafraseando a Jesús de Nazaret, “no solo de pan vive el hombre”, y la poesía, el arte y otros instrumentos nos ayudan a dar sentido a la vida y a comprender, de verdad, las cosas por las que merece la pena vivir.
Imaginación y pensamiento crítico
Desde esta perspectiva holística, la relación entre imaginación y pensamiento crítico es menos conflictiva de lo que se pueda pensarse en un inicio. El pensamiento crítico moderno se puede definir como la capacidad de analizar argumentos, evaluar evidencias, detectar sesgos y aplicar la lógica formal a las situaciones cotidianas a las que nos enfrentamos. Esto es importante para comprender y prosperar en los entornos en los que nos desempeñamos, pero resulta insuficiente cuando nos enfrentamos a realidades complejas o ambiguas o, aún más allá, a situaciones caóticas o nunca experimentadas, como todo parece indicar que va a ocurrir, y cada vez con más frecuencia e intensidad.
El filósofo y pensador Colin WiIlson sostiene que la imaginación, entendida como la “facultad para captar realidades que no están inmediatamente presentes”, aporta una dimensión complementaria al pensamiento crítico que cuestiona los marcos desde los que vemos y reconocemos el mundo, ampliando la mirada para admirar “la cosa en sí”, más allá del conocimiento sensible, el Ding an sich, usando el término kantiano.
Así, la imaginación no se limita a producir imágenes en nuestra mente, sino que introduce metáforas, símbolos y narrativas que hacen visibles los supuestos invisibles que nos rodean y, por tanto, nos permiten comprender de un modo intuitivo y completo los problemas a los que nos enfrentamos. Una persona con un profundo conocimiento técnico, capaz de diseccionar el todo en partes y subpartes cada vez más pequeñas, pero con una escasa imaginación, quizás será muy eficaz en la optimización de lo existente, pero se verá incapaz de interrogar los fundamentos de lo que le rodea y, por tanto, ir más allá del problema que acontece en el fragmento analizado.
Imaginación, creatividad e innovación
Aquí es cuando la imaginación enlaza con la creatividad y la innovación, cualidades tan demandadas en las empresas. Los procesos creativos no surgen únicamente del análisis de datos, sino de la capacidad de establecer conexiones no evidentes y de imaginar posibilidades que aún no existen. Lachman aporta aquí una profundidad adicional a la creatividad que merece ser analizada. Para él, la imaginación no solo genera ideas nuevas, sino que reconfigura el modo en que se entiende la realidad. Innovar no se limita por tanto a encontrar soluciones diferentes a problemas ya existentes, sino en redefinir el problema mismo en su totalidad (de nuevo, el Ding an sich).
La imaginación se comprende por tanto como una forma de conocimiento que es capaz de alterar los marcos conceptuales desde los que se perciben los problemas, algo que difícilmente puede lograrse mediante procedimientos puramente analíticos.
Cuando se observa cómo se vive la imaginación en las empresas, surgen ciertas disonancias. Por un lado, la imaginación y la creatividad son valores deseados y promovidos. Se organizan sesiones de ideación, lluvias de ideas, talleres de creatividad y procesos estructurados de innovación en busca y captura de cuellos de botella y de las causas raíz de los problemas. Pero, por otro lado, estas prácticas suelen estar muy instrumentalizadas, guiadas y enmarcadas en marcos metodológicos complejos, lo cual no es malo en sí mismo, salvo cuando lo que se busca es encontrar una solución rápida y con resultados tangibles e inmediatos.
En estos contextos empresariales, la imaginación se acepta mientras sea productiva, medible y alineada con objetivos de negocio predefinidos, algo que está en el otro extremo de lo que es. Desde la mirada de Lachman, esto supone una versión utilitarista de la imaginación, limitada a su dimensión funcional, y que la priva por tanto de su capacidad para generar significado, cuestionar supuestos o explorar nuevos horizontes.
Aun así, comienzan a emerger algunos marcos ontológicos que desean recuperan el conocimiento perdido de la imaginación. El pensamiento prospectivo, la construcción de escenarios de futuro, el diseño estratégico basado en narrativas o el pensamiento sistémico reconocen que no todo puede deducirse a partir de datos históricos y con un anhelo de resultados inminentes. Estas prácticas introducen en las empresas espacios donde la imaginación actúa como una linterna para explorar futuros posibles, plausibles o probables. Y también como medio para comprender la complejidad de los mercados y de las relaciones entre los grupos sociales, entre los cuales, por supuesto, están los clientes. En estos casos, la imaginación se acerca más a la concepción que defiende Lachman, ya que funciona como una forma de conocimiento evocativo y profundo que orienta la acción, y no solo como un recurso creativo que sirve para salir de un workshop con una solución aplicable al problema que se tiene sobre la mesa.
Inteligencia artificial e imaginación
La irrupción de la inteligencia artificial reabre el debate sobre el poder de la imaginación con una nueva intensidad, sobre todo cuando se usan expresiones en los prompts como “imagina…” Estos modelos son capaces de producir textos, imágenes y todo tipo de contenidos combinando grandes volúmenes de datos existentes, incrementando la productividad a corto sin parar a pensar, en muchos casos, sobre la calidad o rigor de lo generado.
Sin embargo, desde un punto de vista epistemológico, conviene distinguir entre la generación de combinaciones que facilita la IA y el ejercicio de la imaginación en un sentido humano. La IA opera sobre patrones pasados y correlaciones estadísticas. Por tanto, no posee experiencia interior, relación a través de los sentidos con el mundo exterior, ni intencionalidad, ni capacidad de otorgar sentido a lo que hace.
Desde la óptica de Lachman, la imaginación humana no es sustituible en ningún caso por la IA porque no se limita a recombinar información, sino que busca intención, se enmarca en un contexto y ofrece algo con un significado concreto. En cualquier caso, el riesgo aparece cuando la IA se utiliza como sustituta del juicio y no como estímulo inicial. Si se delega en ella la generación de ideas sin un ejercicio crítico e imaginativo humano, se refuerza una creatividad superficial, aparentemente resolutiva, pero conceptualmente pobre. Pero, al mismo tiempo, existe una oportunidad interesante si se usa la IA como catalizadora de la imaginación, liberando algunos recursos cognitivos y ayudando a provocar asociaciones que la persona deberá interpretar, evaluar y significar. En ese punto, la imaginación recupera su papel protagonista como instancia que da sentido y dirección a lo generado.
Para finalizar
En conjunto, la propuesta de Gary Lachman invita a dignificar el papel de la imaginación en un mundo cada vez más orientado a la productividad y al pragmatismo. Porque la imaginación no es lo opuesto al rigor, ni un complemento estético del pensamiento racional. Es el polo complementario, una forma de conocimiento que amplía y multiplica el alcance del pensamiento crítico, promueve la creatividad y la innovación en su nivel más profundo, puesto que conecta el mundo interior del individuo con el exterior. La combinación de la mente analítica con la imaginación permite navegar en los entornos absurdos e inciertos en los que nos adentramos en la actualidad. En un contexto empresarial plagado de tecnicismos que rinden pleitesía al dato y los algoritmos, reivindicar la imaginación no es un lujo al alcance de los individuos amantes de la cultura, sino una cualidad imprescindible para evitar que la racionalidad limite nuestra capacidad de ver y entender el mundo en su deliciosa complejidad.
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Por eso es tan importante para el futuro adulto que en la primera infancia haya juego simbólico, experimentación sin los límites impuestos por la lógica adulta, fomento del pensamiento divergente…la imaginación es fuente de conocimiento y si la fomentamos, el conocimiento que adquiramos nos llevará a percibir más allá de lo que es puramente medible, lo que nos pondrá en el camino del pensamiento crítico real.
Cuando los niños crean metáforas, cuestionan supuestos o ensayan otros futuros, aprenden a redefinir problemas, no sólo a resolverlos. (cito arriba: “no sólo a aplicar la creatividad para su resolución sino a imaginar posibilidades que aún no existen”)