Cuando un problema se vuelve complejo, comenzamos a girarlo en nuestras manos para encontrar otros puntos de vista con los que observarlo. Si considerásemos “el problema de la IA” como algo que tiene que ser resuelto, como si de un cubo de Rubik se tratara, se buscarían perspectivas diferentes con las que acometerlo.
Ante la complejidad de la tecnología y de los cambios socioeconómicos y culturales que provoca, ante esa ansiedad anticipatoria que muchas personas sienten acerca de un porvenir cada vez más tecnológico, vuelven a primera línea, como si hubieran estado esperando su oportunidad en el banquillo, las humanidades. “Las humanidades están más de moda que nunca”, “necesitamos recuperar el humanismo” o “el liderazgo humanista es imprescindible en la era de la inteligencia artificial” son algunas de las afirmaciones que entonces empezamos a escuchar como mantras en ámbitos que no son académicos, sino tecnológicos y empresariales.
Parece que en esta segunda década del siglo XXI se ha redescubierto el volver a colocar al ser humano en el centro de nuestras preocupaciones, sobre todo ahora que la tecnología comienza a cuestionar algunas capacidades que considerábamos exclusivas de las personas, como la creatividad o la imaginación. Sin embargo, antes de celebrar este supuesto regreso del humanismo, convendría precisar de qué estamos hablando, ya que humanismo y humanidades son conceptos distintos, aunque se utilicen a veces de forma indistinta, y ninguno de ellos puede reducirse a una tendencia cultural o a una declaración de buenas intenciones en cuanto a la forma de comportarse con el prójimo.
Humanidades y humanismo
En primer lugar, conviene definir algo tan amplio y complejo como las humanidades, que comprenden un conjunto de disciplinas dedicadas al estudio de las producciones culturales, simbólicas e intelectuales de las sociedades. Dentro de este ámbito, la filosofía, la historia, la literatura, la filología, la historia del arte o la antropología son algunas de las ciencias que nos permiten investigar cómo hemos construido nuestras formas de conocimiento, nuestras instituciones y nuestras representaciones del mundo.
Por su parte, el humanismo se suele definir como una tradición intelectual y ética que reflexiona sobre la condición humana, la capacidad para interpretar la realidad y la responsabilidad que asumimos ante temas tan complejos como el conocimiento y el poder.
Aunque pueda parecerlo, los significados de humanidades y humanismo no son intercambiables, puesto que podemos investigar desde las humanidades sin asumir una posición humanista, del mismo modo que podemos defender ciertos principios humanistas desde disciplinas típicamente científicas o tecnológicas.
Estas distinciones ayudan a comprender una primera dificultad de la afirmación que nos ocupa. Cuando decimos que el humanismo está de moda, ¿nos referimos a un interés pujante por las disciplinas humanísticas, o bien a una recuperación de determinados principios éticos, o tal vez al uso del concepto “humanista” como apellido de liderazgo, valores, principios o incluso estrategia? Esta confusión puede conducir a lo que en lógica denominamos falacia de equívoco, que consiste en utilizar un mismo término con significados diferentes, dando por supuesta una continuidad conceptual que no se ha demostrado con suficiente rigor.
El hecho de que las empresas hablen cada vez más de liderazgo humanista, que se reivindique el pensamiento crítico o que desde las compañías tecnológicas se defienda una inteligencia artificial respetuosa y centrada en las personas no significa, por sí mismo, que estemos asistiendo a una recuperación del humanismo. Por supuesto, en este maremágnum hay discursos y preocupaciones genuinas, pero también nos puede llevar a pensar cuántas estrategias de posicionamiento o de responder a una “moda” se suman y apropian del concepto sin profundizar en exceso en su significado.
Qué es estar de moda
Y aquí es cuando llegamos a la idea de pensar si realmente las humanidades “están más de moda que nunca”, intentando comprender en la propia idea de moda. A principios del siglo pasado, Georg Simmel, reflexionaba en su obra Filosofía de la moda (1905) sobre este fenómeno, que surge en esa tensa intersección que existe entre imitación y diferenciación. Las personas adoptamos determinadas tendencias y “modas” tanto para identificarnos y reconocernos dentro de un grupo como para diferenciarnos de otros, y paradójicamente, es esa necesidad de diferenciación la que hace que más individuos se mimeticen con aquello que justamente quieren evitar para parecer genuinos. Dentro de la esencia del concepto de moda está su necesidad de cambiar, de ser circular, de viralizarse y de extinguirse, porque la moda sin temporalidad no es moda.
La paradoja
Si aceptamos esta definición de “moda” como suficientemente válida, resulta extraño someter el humanismo a su lógica. Aunque las formulaciones y manifestaciones del humanismo hayan cambiado a lo largo de la historia, como las ciencias puras o sociales, hay conceptos y principios inherentes al ser humano que son permanentes, tales como la dignidad, la libertad de pensamiento, el derecho a la educación o la responsabilidad moral respecto a nuestros pensamientos o actos. ¿Qué ocurriría si estos principios quedaran sujetos a los mismos mecanismos de adopción y obsolescencia que rigen las modas o las tendencias de consumo? La pregunta puede parecer exagerada y alarmista, pero nos debería hacer reflexionar sobre la contradicción de unir en una misma frase “humanismo” y “moda”.
«Humanismo en la era de la IA»
El problema se hace más palpable en el contexto de la inteligencia artificial. En los últimos años se ha extendido la expresión “tecnología centrada en el ser humano”, acompañada de referencias a la ética, la transparencia, la autonomía y la responsabilidad respecto a los outputs que nos dan los agentes. Y aquí es cuando empiezan a surgir ciertas contradicciones. Pensemos, por ejemplo, en una plataforma que proclama a los cuatro vientos su compromiso con la confidencialidad de la información de los usuarios y el derecho a entretenerse o informarse, mientras, en la sombra, se basa en mecanismos d psicología inversa diseñados para cautivar su atención y manipular sus opiniones o decisiones. En este caso se adopta un discurso humanista (“el derecho a la información”, “la libertad de elección”), mientras existe una contradicción puesto que se está queriendo justamente condicionar dichas decisiones.
Las dimensiones del humanismo
Martin Heidegger, en su Carta sobre el humanismo (1947), cuestionó las concepciones tradicionales del humanismo por considerar que no habían pensado lo suficiente aquello que pretendían definir. Heidegger invita a examinar qué idea del ser humano estamos utilizando cuando apelamos a su como, ya sea como un ciudadano, como consumidor, como trabajador o un usuario. Anticipándose a la actual era hipertecnificada, Heidegger nos hacía pensar sobre como cada una de estas dimensiones implica relaciones diferentes respecto al poder, la libertad y la capacidad de decisión del individuo.
La inteligencia artificial vuelve a situarnos ante preguntas que desde largo tiempo atrás se han debatido y discutido desde las humanidades. Por ejemplo, qué entendemos por inteligencia, cómo se representa o materializa la creatividad, de qué manera se produce el conocimiento (o qué se entiende como tal), o hasta dónde se puede delegar el juicio. Todas estas son cuestiones que viajan desde la filosofía a la historia, desde la historia a la filología, desde la filología al arte, y así sucesivamente, dando vueltas al cubo de Rubik de los problemas que más tiene que ver con lo que significa la vida y la existencia humana. Las humanidades disponen de una larga experiencia en el examen de estos problemas, aunque sus respuestas nunca hayan sido definitivas, ni podrán serlo, afortunadamente.
Por eso resulta algo inquietante escuchar que el humanismo está de moda. No porque parezca indeseable que vuelva a ocupar espacio en nuestras conversaciones, sino porque la expresión parece dar por supuesto que hemos recuperado algo de cuya pérdida ni siquiera éramos conscientes. Que hoy necesitemos reivindicar con tanta insistencia la centralidad del ser humano debería llevarnos a examinar las condiciones que han hecho necesaria esa reivindicación. Tal vez, antes de celebrar que el humanismo vuelve a estar de moda, deberíamos preguntarnos por qué hemos llegado a hablar de ello como si alguna vez hubiera podido dejar de ser importante…