Tender puentes entre generaciones en la empresa: una tarea compartida

"La educación es el punto en el que decidimos si amamos lo bastante al mundo como para asumir la responsabilidad de él y, al mismo tiempo, salvarlo de la ruina que, sin la renovación y sin la llegada de los nuevos y los jóvenes, sería inevitable." Hannah Arendt. Entre el pasado y el futuro (1961), ensayo "La crisis en la educación"

Las empresas se parecen cada vez más a ciudades atravesadas por ríos invisibles. En una misma orilla conviven trayectorias y ritmos distintos, mientras que en la otra se acumulan expectativas, urgencias y formas nuevas de entender el trabajo. El problema no es que existan esas orillas, sino asumir que el paso de una a otra debe hacerse en una sola dirección o que alguien tiene que quedarse atrás para que otros avancen.

Hablar de generaciones en la empresa suele hacerse desde un lugar equivocado. Se plantea como un problema a gestionar o como un conflicto inevitable y, casi siempre, como una cuestión unilateral. Se habla de cómo integrar a las generaciones más jóvenes sin que «desestabilicen» lo que ya funciona, o de cómo lograr que las generaciones senior «se adapten» a los nuevos tiempos. Este enfoque resulta simplista y poco eficaz.

El conflicto generacional no es nuevo. Lo que ha cambiado es la velocidad del cambio tecnológico y cultural que atraviesa a las organizaciones. En un mismo espacio de trabajo conviven hoy personas socializadas en marcos muy distintos, con formas diferentes de entender la autoridad, el tiempo, el trabajo, la identidad profesional o el sentido mismo de la empresa. Pretender que una de esas miradas se imponga sobre las demás puede acabar debilitando la cultura organizativa o generando tensiones innecesarias.

Tender puentes intergeneracionales no consiste en traducir a los jóvenes ni en actualizar a los mayores. Consiste en crear las condiciones adecuadas para el reconocimiento mutuo.

Las generaciones senior suelen aportar experiencias que en ocasiones se escuchan con impaciencia. Aportan memoria organizacional, criterio histórico y una comprensión profunda de los ciclos largos. Su experiencia no es una acumulación de años, sino una capacidad afinada para leer contextos complejos, anticipar consecuencias y tomar decisiones bajo incertidumbre… porque ya han vivido situaciones similares y saben reconocer los patrones. Estos saberes, sin embargo, tienden a diluirse en entornos obsesionados con la novedad constante y el apremio por escuchar cosas nuevas o que no se hayan probado antes.

Por otro lado, las generaciones jóvenes aportan una relación más fluida con la tecnología, una mayor capacidad de adaptación al cambio y nuevas sensibilidades en torno al bienestar, el propósito o la diversidad. También introducen un cuestionamiento de inercias que, aunque normalizadas, pueden haberse vuelto improductivas. El conflicto aparece cuando ese cuestionamiento se interpreta como falta de compromiso o cuando se exige una experiencia que aún no puede haberse adquirido, simplemente porque no se han vivido ni trabajado los años necesarios para adquirirla.

Se podría decir que muchas de las fricciones que se viven en las empresas tienen un origen cultural más que personal. Las diferencias en la relación con la jerarquía, en los ritmos de trabajo, en el uso del lenguaje o en la concepción del éxito profesional generan malentendidos que, si no se gestionan, acaban enquistándose. Confundir estas tensiones con problemas individuales impide abordarlas de manera estructural, quizás porque muchas veces es más sencillo relacionar un problema con las personas que lo protagonizan, en vez de intentar buscar causas profundas.

Por eso, tender puentes no puede quedar en manos de la buena voluntad de las personas. Si se asume que es una responsabilidad de la propia empresa, esta debería entonces diseñar espacios reales de diálogo intergeneracional y formalizar el aprendizaje desde el respeto mutuo, para poner en valor el criterio y la espontaneidad; la intuición profesional y las nuevas ideas. En fin, para conectar y no rivalizar.

El liderazgo desempeña aquí un papel clave, pero no como un árbitro que decide quién tiene razón en el posible conflicto o malentendido, sino como facilitador de marcos de trabajo compartidos. Liderar en clave intergeneracional implica habilitar espacios seguros en los que las distintas voces puedan expresarse y ser escuchadas como legítimas. Implica también modificar el relato dominante y pasar de la lógica de la adaptación unilateral a la de la co-construcción.

Las empresas que no afronten este reto corren el riesgo de perder talento en ambos extremos. Lo perderán entre quienes sienten que su experiencia ha dejado de importar, y entre quienes perciben que no existe margen para transformar lo existente. En cambio, aquellas organizaciones que entiendan el diálogo intergeneracional como una oportunidad estratégica estarán mejor preparadas para desenvolverse en un entorno complejo e incierto. La innovación real no ocurre cuando una generación sustituye a otra, sino cuando aprenden a pensarse juntas.

 

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