La gran promesa de la meritocracia

"Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo. Ni siquiera yo." Chris Gardner. En busca de la felicidad (2006)

Chris Gardner corre con un escáner médico bajo el brazo mientras intenta llegar a tiempo a una entrevista que puede cambiarle la vida. Ha dormido en refugios, en baños públicos, en estaciones de metro… Trabaja sin cobrar durante meses en un programa de prácticas extremadamente competitivo. El mensaje es claro: quien persevera, quien se esfuerza lo suficiente, termina siendo recompensado. El éxito aparece como el único desenlace moral posible tras una dura trayectoria de sacrificio.

En busca de la felicidad (2006) funciona porque condensa una promesa ampliamente compartida: el mundo puede ser injusto y estar en contra de uno, pero el mérito acaba reconociéndose y la injusticia es subsanada. La historia va más allá de una historia individual de superación, y se convierte en un relato normativo sobre cómo debería funcionar la sociedad, si todo fuera justo y ecuánime… justamente como no es el mundo. La cultura del esfuerzo se presenta como antídoto frente al azar, y el éxito como una prueba de valía personal. Sin embargo, esta promesa no es tan moderna ni tan neutral como puede parecer.

La meritocracia no es un principio natural ni neutro, sino una construcción histórica que ha ido mutando desde la ética del mérito clásico hasta convertirse en una ideología legitimadora de la desigualdad en las sociedades contemporáneas.

Dentro del marco de la filosofía clásica, en el cual se encuentran Platón y Aristóteles, el mérito estaba ligado a la areté (virtud), y no tanto al ascenso social o a la acumulación de bienes materiales. La justicia no consistía por tanto en premiar al más «exitoso”, sino en que cada cual ocupase el lugar que le correspondía según su naturaleza y formación. Dicho de otro modo, el éxito se consideraba algo de carácter ético y cívico, no competitivo. Esto dejaba fuera de la ecuación a mujeres, esclavos, menores, ancianos y, en definitiva, a todo aquel que no fuera un ciudadano varón libre.

Durante la Edad Media, la noción de mérito se reconfigura en clave teológica. La conducta virtuosa se orienta a la salvación del alma. El éxito material no es señal de mérito; incluso puede ser sospechoso de conductas amorales. Predomina por tanto una visión anti materialista del valor personal.

El gran giro del concepto de meritocracia se produce con la modernidad. Max Weber analizó cómo la ética protestante contribuyó a moralizar (y premiar) el trabajo disciplinado, ligado al aprovechamiento productivo del tiempo y, por supuesto, a la responsabilidad individual en la consecución del «éxito» en la vida.

La Ilustración, al combatir los privilegios heredados, consagró la igualdad formal teórica de los individuos a la vez que abría la puerta a una nueva legitimación de la desigualdad, puesto que las posiciones sociales ya no se heredan, sino que se ganan. Es entonces cuando nace la idea moderna de que el esfuerzo individual puede y debe ser recompensado, y que es posible escapar de la predestinación de la cuna de nacimiento.

A lo largo de los siglos XIX y XX, el Estado moderno institucionaliza de algún modo esa promesa. Los sistemas educativos, los exámenes, las credenciales y los procedimientos de evaluación prometen objetivar la medición del mérito y, por tanto, neutralizar el azar o los privilegios familiares. Se dice que el mérito se mide, se compara y se premia. Bajo su apariencia inocente y justa, se consolidan las jerarquías del conocimiento y las trayectorias socialmente más valoradas, y se presentan como algo natural y perfectamente alcanzable por cualquiera.

La promesa implícita es que si te esfuerzas, asciendes, aunque las condiciones de partida, tremendamente desiguales, hagan de esta promesa una falacia.

Conviene recordar que el término meritocracia surge como advertencia. Michael Young lo acuñó en 1958 en un texto satírico que describía una sociedad futura gobernada por los más “capaces”, donde la desigualdad había dejado de percibirse como injusticia porque estaba plenamente justificada por el mérito. En ese escenario, quienes ocupan posiciones privilegiadas consideran su lugar legítimo en todos los sentidos, mientras quienes quedan fuera interiorizan su exclusión como un fracaso personal.

La meritocracia perfecta, señalaba Young, es la que provoca la sensación para “los exitosos” de que lo merecen todo, y la interiorización de la culpa por parte de “los fracasados”.

Las críticas filosóficas contemporáneas han seguido profundizando en esta advertencia sobre la meritocracia. John Rawls subrayó que el talento y las capacidades individuales son arbitrarios, y dependen del azar natural y social. Convertirlos en la base de la justicia distributiva implica confundir suerte con merecimiento. Pierre Bourdieu mostró cómo los sistemas educativos transforman el capital cultural heredado en méritos reconocidos, reproduciendo las desigualdades bajo una retórica de neutralidad aparente. Por su parte, Michael Sandel señaló que la meritocracia erosiona la solidaridad democrática al asociar éxito con superioridad moral, y fracaso con insuficiencia personal.

En su versión contemporánea, la meritocracia se integra en la racionalidad neoliberal. El individuo se concibe a sí mismo como un proyecto de optimización permanente y, como anuncia Byung-Chun Han, cae en la trampa de que la inversión en su educación y actualización constante es una inversión que le llevará al éxito.

Los espacios de trabajo, asimismo, se convierten en espacios de de autoevaluación y de comparativa constante. El valor personal se mide en términos de rendimiento y productividad, pero también de gestión de las relaciones para ser aceptado entre los paradigmas de lo que se considera exitoso.

Este desplazamiento del concepto de mérito tiene consecuencias profundas. La meritocracia neoliberal no solo legitima las desigualdades económicas, sino que reorganiza el imaginario moral contemporáneo, y más aún con la amplificación de las redes sociales, donde parece que todo es posible. El contexto social se diluye en el relato de que si te esfuerzas lo suficiente, llegarás “al éxito”. Las condiciones materiales, las redes de apoyo familiares y las asimetrías estructurales desaparecen tras una narrativa en la que todo el peso cae sobre la versión que se ve del individuo, sin considerar su historia o sus condiciones de partida.

Volver a la escena inicial permite comprender lo tremendo de esta ficción. Historias como la de Chris Gardner funcionan porque prometen darle sentido a un mundo que es desigual e injusto por naturaleza. Pero al hacerlo, convierten las excepciones de éxito ligado al esfuerzo en norma, y dejan creer que vencer la desigualdad estructural es cuestión de echarle horas, coraje y ponerle ganas.

No se trata de negar el valor del esfuerzo, sino de recordar que ninguna sociedad justa puede sostenerse sobre la idea de que cada cual vale exactamente lo que obtiene. Cuando el mérito se convierte en algo a ser apreciado y recompensado por “los ya exitosos”, deja de ser un criterio regulador neutro.

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