El concepto de atención en el marco de la economía de la experiencia

"Dime a qué prestas atención y te diré quién eres." Frase atribuida a José Ortega y Gasset.

Llega la noche y con ella, el momento de buscar una serie para ver en casa. A los pocos minutos de empezar, el móvil parece reclamar nuestra atención. A veces es una notificación pero, a los pocos minutos, lo volvemos a mirar para comprobar que no haya llegado “algo interesante” al correo, a Instagram o a cualquiera otra red. Las plataformas digitales son conscientes de esta guerra por la atención entre la pantalla de la televisión y la pantalla del móvil, y por eso los argumentos de muchas series con cada vez más relajados, de tal manera que, si se pierde el foco durante 4 o 5 minutos, es posible reengancharse a la trama sin problema, porque no ha pasado nada relevante en ese lapso.

Esta situación no es exclusiva del hogar. En el trabajo, era habitual asistir a reuniones mientras enviábamos correos, completábamos diapositivas de PowerPoint o revisábamos las cifras de un Excel… todo ello en pro de la consabida multitarea y la excusa de la máxima productividad en el mínimo tiempo. Pero ahora, también se está normalizando el hecho de asistir a una reunión mientras se miran videos de TikTok, el estado de un pedido de Amazon o cualquier otra cosa.

Todo esto, aparte de ser cuestionable moralmente y quizás incluso reprobable en otros sentidos, ha llevado a hablar una crisis de la atención contemporánea. Se afirma que ya no sabemos concentrarnos, que nos distraemos con facilidad y que el entorno digital ha deteriorado nuestra capacidad básica para leer un libro, ver una película o incluso estar presentes en una conversación cara a cara.

Esta idea se repite con tal insistencia que rara vez se cuestiona de dónde procede el modelo de atención que se da por perdido, ni desde cuándo se considera que la atención es algo que deba funcionar de una única manera.

En ocasiones se identifica atender con la capacidad de estar concentrados durante un tiempo prolongado en un solo objeto de atención. Por ejemplo, leer un libro sin interrupciones, escuchar una conferencia mientras pensamos o tomamos notas, o contemplar una obra de arte en silencio. Ese concepto de atención no surgió de forma espontánea. Como ha mostrado Jonathan Crary al analizar la historia de la percepción moderna, antes “atender bien” equivalía a sostener la atención de forma continua, ordenada y controlada en un único objeto o persona cada vez, y por tanto, muy ligado a la disciplina.

Quizás el problema aparece cuando ese modelo se convierte en una medida universal, y se intenta aplicar tal cual en los tiempos actuales. Siendo así, cualquier desviación de la atención de un único objeto o persona a otros solo puede interpretarse como déficit.

Como ya advirtió Walter Benjamin al reflexionar sobre la experiencia en la era de la reproducción técnica, la percepción cambia con las condiciones históricas. La atención concentrada no es superior por naturaleza a otras formas de atender por sí misma, sino que se convirtió en “la norma” en un determinado momento cultural que, con el devenir de las décadas, ha cambiado sustancialmente.

La atención y la economía de la experiencia

Ahora, vivimos rodeados de entornos diseñados para activar nuestra percepción de manera constante y con la exigencia de tomar decisiones rápidas. En este escenario, la atención no desaparece, pero deja de organizarse alrededor de los conceptos de duración y estabilidad. En este punto podemos ligar el concepto de atención con el de la economía de la experiencia. Tal como la describen Pine y Gilmore desde el ámbito empresarial, se basa precisamente en diseñar situaciones que mantengan al usuario implicado, activo y capaz de reaccionar de forma adecuada.

La atención ya no es algo que se le pide al sujeto antes de entrar en la experiencia, sino algo que se produce dentro de ella.

Esta transformación explica por qué resulta tan extendida la sensación de pérdida de atención. Es evidente que ahora, por regla general, nos cuesta más sostener en el tiempo actividades, y que buena parte de nuestra atención está condicionada por distintos sistemas que luchan por estimularnos y hacer que los miremos. Para Herbert Simon, en contextos de sobreabundancia informativa la atención se convierte en un recurso escaso… y muy demandado. Hoy en día, gracias a la llegada de la IA, esa escasez se gestiona mediante plataformas y algoritmos que deciden qué aparece primero y qué queda fuera.

En todo caso, algo nos falta si nos limitamos a describir este proceso únicamente como un deterioro creciente de nuestra capacidad para estar atentos en algo o en alguien durante cierto. Como propone N. Katherine Hayles, quizá no estemos ante una desaparición de la atención, sino ante un cambio de modelo.

Frente a la atención profunda y silenciosa, propia de los entornos estables y lineales del siglo XX, emerge una atención adaptada a escenarios cambiantes, que exige seleccionar, descartar y reaccionar rápidamente de forma continua. Podríamos entonces aventurar que no se trata de que la atención sea más débil o efímera, sino que está preparándose para reaccionar ante otras condiciones bien distintas: las del mundo digitalizado.

Si evaluamos estas formas actuales de atención con criterios heredados de otro régimen cultural, el diagnóstico solo puede ser negativo: cada vez, efectivamente, tenemos menos y peor. Esta lógica recuerda a lo que Foucault mostró al analizar las disciplinas modernas, cuando afirmaba que ciertas capacidades se presentan como naturales y universales, cuando en realidad responden a un modo concreto de organización social. Quizás la atención también forma parte de ese proceso de normalización.

El déficit de atención en el ámbito cultural

Esta tensión se hace especialmente visible en el ámbito cultural. Las experiencias inmersivas suelen criticarse por su espectacularidad, como si la intensidad de la experiencia anulara cualquier posibilidad de reflexión. Este miedo no es nuevo, porque hace ya bastantes décadas que Guy Debord advirtió del riesgo de que la experiencia (entiéndase como cultural) se reduzca a mero espectáculo. El problema no reside en la intensidad en sí de la experiencia, sino en que se presente como un fin en sí mismo, en un disfrute temporal que no deje espacio para reflexionar sobre lo vivido y, por tanto, extraer aprendizajes.

Plantear el debate en términos de «atención perdida» o «atención mejorada» simplifica en exceso la compleja transformación del mundo que estamos viviendo. Si consideramos que estamos viviendo un cambio de modelo de atención, la clave no es decidir si ahora atendemos mejor o peor que antes, sino en atender cómo se organiza en nuestros días la atención, quién la dirige y con qué objetivos.

En palabras de Bernard Stiegler, se trata de entender la atención como un terreno de disputa cultural y política, no como un simple rasgo psicológico vinculado al individuo.

Desde este punto de vista, si pensamos en la atención dentro del marco de la economía de la experiencia deberíamos virar desde la nostalgia por un modelo caduco. Pero tampoco debemos aceptar que la sobrecarga de estímulos no tiene ninguna consecuencia sobre nuestra capacidad cognitiva, sobre nuestra productividad o sobre nuestras relaciones con otras personas o con el mundo que nos rodea. Estaremos atentos a ver qué ocurre.

Para saber más: 

  • Crary, J. (2008). Suspensiones de la percepción: Atención, espectáculo y cultura moderna (Y. Hernández Velázquez, Trad.). Ediciones Akal.
  • Benjamin, W. (2008). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Ediciones Sígueme.
  • Pine, B. J., & Gilmore, J. H. (2001). La economía de la experiencia. Ediciones Granica.
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